Decir que estamos asistiendo a grandes transformaciones en el entorno social y cultural tanto nacional como internacional y local puede sonar ingenuo y vacío teniendo en cuenta que la sociedad no ha evolucionado hasta nuestros días de otro modo. Puede que en estos momentos lo único que cambie es la velocidad de las transformaciones, la repercusión inmediata en el ámbito global. En todo caso también se puede decir que somos testigos de unas concretas transformaciones y que son con ellas con las que tenemos que trabajar.
Las que nos tocan a nosotros están marcadas por unas altas dosis de mundialización (hay veces que el uso del término globalización es tremendamente engañoso) y por una alta incorporación de las políticas internacionales en el ámbito nacional. Este cambio de inclinación ha hecho que los gobiernos locales hayan ido adquiriendo nuevas responsabilidades, bien porque se han ido delegando desde el ámbito nacional, bien porque han ido surgiendo como atención a nuevas necesidades. Una de estas nuevas obligaciones es la de actuar como protagonistas estratégicos en el desarrollo global.
La importancia de los gobiernos locales crece y es necesario, por una parte, asumir estas nuevas responsabilidades y por otra, quizá más importante por su carácter operativo, dotarlas de capacidad. La cooperación descentralizada posee un alto valor en estos nuevos roles y supone un instrumento imprescindible para reforzar el papel de lo local.
En este marco las ciudades toman un protagonismo extraordinario ya que se puede decir que estamos asistiendo a un cierto “neomedievalismo” donde las culturas se funden, se complementan, se regeneran. Donde los ciudadanos se yuxtaponen y se enriquecen: La cooperación para el desarrollo no puede alcanzar más sentido. Una cooperación que tiene, y lo vamos a ver con cierto detalle, tres ejes:
La ciudad como nodo de globalización La diversidad como referencia socializadora La política cultural como aglutinante transversal.
Así, la implicación directa de los gobiernos locales en este nuevo escenario va a permitir un acercamiento directo a las nuevas realidades, a las nuevas necesidades. Va a garantizar un refuerzo de la cohesión social por el simple hecho de ser los que más cerca están del ciudadano. El rol de los gobiernos locales sobrepasa más que nunca las puras acciones de administración de la ciudad para generar acciones de fecundación transfronteriza, de creación de nuevos espacios públicos. Desde dos ámbitos tal y como nos señala la Declaración de Montevideo firmada este mismo año: “como catalizadores de espacios de integración más democráticos y como generadores de un ambiente multiplicador de las relaciones entre sociedades civiles de los países integrados”.
Veamos los tres ejes antes mencionados, sobre los que se sustenta la acción de cooperación en los gobiernos locales.
LA CIUDAD COMO NODO DE GLOBALIZACIÓN
Al contrario de lo que se pretende extender desde diferentes medios, no es que el proceso de globalización esté llegando a las ciudades sino que las ciudades son en realidad su primer estadio, donde primeramente se generan y viven sus representaciones, donde mejor se pone de manifiesto la complejidad del mundo y donde antes que en ningún otro sitio se sienten los efectos de una sociedad múltiple y diversa.
La desterritorialización lleva a una interacción mundial que tiene a las ciudades como protagonistas esenciales de una globalización que va más allá de los efectos en la economía. La globalización comporta cambios sociales y culturales que deben catalizar los empujes de unas estructuras macroeconómicas que pretenden, por una parte la uniformización absoluta como medio para facilitar la producción y, por otra, la desvinculación comunitaria como camino para facilitar el consumo.
La deconstrucción de las identidades supone un reto contra un proyecto neoliberal trazado desde las lógicas del mercado y desatendiendo, como se esta viendo continuamente, a las lógicas del ser humano. Unas lógicas en las que la política participativa, la sociedad civil y la ética equitativa son las que pierden en primer lugar.
LA DIVERSIDAD COMO AGLUTINANTE TRANSVERSAL
La vida cotidiana en una ciudad esta fragmentada no sólo por las realidades socioeconómicas de quienes las habitan sino también por la múltiple diversidad de sus realidades culturales. El terreno cultural es un eficaz reflejo de la densa realidad y las políticas culturales basadas en la participación y la interacción deberán tener en cuenta que la globalización ensalza la destradicionalización y el desarraigo como medidas de dominio
Por ello no debemos entender la identidad y diversidad cultural como si fuese un mero objeto con un interés único para la programación, producción y divulgación de eventos. Al contrario. Debemos plantear esta diversidad como un basamento imprescindible para la construcción y consolidación de estructuras sociales comprometidas.
En este sentido la política cultural tiene que establecer una dialéctica triangular (gobierno local, ciudadanía y agentes sociales) que contemple la desjerarquización como modelo de intervención y que coloque el respeto a la pluralidad en una posición preponderante. Un modelo que tiene a la ciudad como nodo especifico de reconstrucción social, un modelo que protagoniza la proximidad, que permite un desarrollo no centralizado en el que cada “realidad ciudadana” pueda ser considerada como un enlace hacia el mundo: es decir, la consolidación de una sociedad múltiple que tiene a la política cultural interactiva como eje básico para la creación de un proyecto social multicultural.
En palabras de Eduard Delgado “Europa ha recibido un regalo inesperado y tal vez inmerecido: convertirse en el hogar de comunidades procedentes de muchas culturas del mundo”.
Este regalo del que nos habló ha cogido desprevenidas a unas políticas culturales que han basado sus principios programáticos sobre modelos aferrados a lo que Debord denominó “sociedad del espectáculo”. Las políticas culturales carecen de herramientas sistemáticas para afrontar estas transformaciones. Y, sobre todo, carecen de algo importante: planificación, método, prospectiva… la intervención activista no racional ha llevado a la rutina sin reflexión y eso hace que hoy nos encontremos ante grandes dificultades para abordar estos procesos tan heterogéneos . Se podría decir que es necesario, entre otros muchas factores, redefinir los métodos y pasar de la administración de la cultura a la mediación de ésta.
Bien, vistos estos tres puntos, estos tres ejes para la cooperación, debemos trabajar para que los gobiernos locales se impliquen en este proceso y todo lo dicho deje de ser un ornamento complementario en los diferentes discursos, o lo que sería algo infinitamente peor, un nuevo paradigma de neocolonialismo adornado por ciertas dosis de sensiblería hueca. A través de cuatro retos:
Internacional Estableciendo nodos de colaboración desde la corresponsabilidad y el compromiso con el desarrollo humano. Nacional A través de alianzas estratégicas que refuercen el triángulo estado activador, sociedad civil y capital social. Local Consolidando una política municipal transversal desde la perspectiva cultural de largo alcance Estructural Generando modelos de gestión fundamentados sobre la lógica de la cooperación, la mediación y la heterarquía.
LA POLÍTICA CULTURAL COMO SOPORTE
Las instituciones locales están obligadas a plantearse la cultura desde este sentido, desde la estructuración social, desde la responsabilidad de ofrecer al ciudadano un entorno constructor activo. Y sus responsables deben asumir el compromiso de reconsiderar algunos de los procesos y modelos a los que hasta ahora estamos acostumbrados, sobre todo desde los gobiernos locales, y replantearlos teniendo en cuenta las nuevas realidades socioculturales. Entramos en una auténtica esquizofrenia si mantenemos estructuras retrogradas, jerarquizadas y monolíticas mientras vemos que la realidad nos exige que las políticas culturales vayan de la mano de los postulados de reconstrucción social transversales.
En este sentido podemos señalar unas cuantas reflexiones que centrarán y ubicarán claramente las políticas culturales en el entono global contemporáneo:
Es necesario recontextualizar las políticas culturales de modo que se rehuya del tradicional aislamiento de los sectores creativos y se genere una nueva manera de abordar las necesidades sociales de cultura y el interés general, es decir, aportar dimensión cultural a la población. Abordar los derechos culturales y la libertad cultural como elementos emergentes de ejecución y como capacidades de cohesión supraterritorial de modo que se puedan formalizar nuevas respuestas para nuevos problemas.. Superar el aislamiento de las políticas culturales e integrarlas en un diálogo completo y abierto con el resto de las políticas ciudadanas: Económicas, sociales, laborales, sanitarias… teniendo en cuenta que la cultura ejerce gran influencia en el bienestar, la calidad de vida y la construcción de un espacio público comunitario. En este sentido las políticas culturales han de realizar un esfuerzo que les permita salir de la tecnocracia y del exclusivismo para alcanzar sectores sociales amplios garantizando la diversidad y evitando el dominio de las minorías tanto en la gestión como en el consumo. Es por ello entendible que las políticas culturales han de encontrar nuevos modelos de gestión que les haga superar posturas de arrogancia y prepotencia para evolucionar hacia los sistemas horizontales que requieren los entornos culturales avanzados y complejos en los que hoy nos encontramos. Entender que los creadores son un factor imprescindible en las políticas culturales no solo en cuanto a la acción meramente creadora sino en cuanto a la aportación de nuevas visiones en las que la heterodoxia y la ruptura puedan convertirse en fuente de procesos para las necesidades culturales contemporáneas. Trabajar desde las políticas culturales supone hacer frente a los mercados y colaborar a la configuración de la cultura como una herramienta de educación y construcción cívica sustentada sobre los valores y los derechos culturales y alejada de los conceptos mercantilistas y/o tecnocráticos.
Entendemos que, desde estas reflexiones, la política cultural ya no debe anclarse y limitarse a un territorio sino que adquiere una importancia que va más allá de las fronteras locales y nacionales. El diálogo transfronterizo se hace necesario y urge a los responsables a desarrollar procesos que configuren tejidos sociales amplios, redes interterritoriales que trabajen para una nueva ciudadanía cultural más allá de la simple integración o asimilación de sus individuos. Que la política cultural debe crecer en densidad simbólica y debe ser capaz de convocar a los ciudadanos en un entorno múltiple de reflexión que favorezca un espacio social compartido.
Dado que las ciudades son hoy por hoy el referente más cercano de la transversalización de la cultura, debe ser desde ellas, desde lo local, desde donde se realicen los mayores esfuerzos para lograr un espacio público que sea capaz de movilizar y convocar el conjunto de los actores culturales.
La cooperación cultural, desde estas perspectivas señaladas, va más allá de las programaciones y el intercambio de espectáculos. Se busca una nueva dimensión de las relaciones internacionales a partir del modulo básico de gestión política: los gobiernos locales. Se busca una nueva perspectiva desde la ética del reconocimiento y el respeto a la diversidad, desde un modo de entender la interculturalidad como una apuesta político cultural en el contexto de la creación de ciudad. Una política que evite el peligro de una ciudad encerrada en si misma y que se desarrolle desde la comunicación translocal.
Lo visto hasta ahora nos lleva a una nueva reflexión: la sociedad civil es un actor esencial en este proceso de cooperación. Los ciudadanos son los principales interesados en que se reconozcan y se aseguren estos principios de desarrollo. No es pues coherente continuar con modelos en los que la Administración Pública ejercía sus funciones desde las lógicas del poder regulador exclusivo y punitivo. Las nuevas realidades requieren de nuevos modelos y debemos hablar de un “poder colaborativo” de unos modelos en los que los ciudadanos pasen de ser clientes (en su concepción más reciente y optimista) a creadores con un compromiso activo, responsable y considerado. Una acción política, en fin, desde los gobiernos que parta desde la intención absoluta de integración para el desarrollo y cuya tarea fundamental sea la de configurar relaciones.
Se puede decir pues que la cooperación para la diversidad no es un plan Institucional al uso de la Administración decimonónica, es un constructo en el que deben participar todos los estamentos de la realidad ciudadana y que lo que allí se construya debe reflejarse en las relaciones abiertas con otros entornos, con otras realidades, de forma que exista una complementariedad enriquecedora, una complementariedad que garantice la cohesión social a través del reconocimiento mutuo.
CULTURA PARA EL DESARROLLO
Por fortuna, hablar de cooperación cultural para el desarrollo no es nuevo, o excesivamente nuevo. Sin hacer una exhaustiva relación de toda la documentación internacional al respecto ni de todas las Cartas, recomendaciones, actas… que se han generado desde los diferentes organismos supranacionales, sí me gustaría señalar lo que podría señalarse, bajo mi punto de vista, como las referencias más relevantes en cuanto a cooperación cultural para el desarrollo. No sin antes, eso sí, convocar una nota de la Conferencia Mundial sobre Políticas culturales celebrada en México durante el año 1892 y en la que expresaba que
“La cultura otorga al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales y éticamente comprometidos. Es por ella que discernimos valores y elegimos. Es por ella que el hombre se expresa, toma conciencia de si mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevos significados y crea obras que le trascienden”
Evidentemente desde esta amplia consideración de la cultura debemos hacer un gran esfuerzo de reflexión y considerar que los programas actuales para el refuerzo de los contenidos culturales, tanto desde el entorno local como desde el nacional y supranacional, deben considerarse como algo que va más allá del simple espectáculo o de la representación del entretenimiento.
Un poco antes, en 1970, la Conferencia Intergubernamental sobre los Aspectos Institucionales, Administrativos y Financieros de las Políticas Culturales, celebrada en Venecia, inició el proceso para hacer de la cultura un asunto prioritario de las políticas internacionales y nacionales declarando:
"El hombre es el medio y el fin del desarrollo; no es la idea abstracta y unidimensional del Homo economicus, sino una realidad viviente, una persona humana, en la infinita variedad de sus necesidades, sus posibilidades y sus aspiraciones…Por consiguiente, el centro de gravedad del concepto de desarrollo se ha desplazado de lo económico a lo social, y hemos llegado a un punto en que esta mutación empieza a abordar lo cultural."
Esta Conferencia de Venecia afirmó que "la diversidad de las culturas nacionales, su singularidad y su originalidad constituyen una base esencial para el progreso humano y el despliegue de la cultura mundial" y recomendó una serie de medidas a los gobiernos y a la UNESCO.
Diversas conferencias posteriores fueron afianzando el concepto y determinando la absoluta necesidad de cooperación e intercambio cultural a escala internacional. Por citar las más relevantes mencionaremos las siguientes:
En junio de 1972, en Helsinki, Finlandia, la Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas Culturales en Europa En diciembre de 1973, en Yogyakarta, Indonesia, la Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas Culturales en Asia Dos años después, la Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas Culturales en África En enero de 1978, en Bogotá, Colombia, la Conferencia Intergubernamental sobre las Políticas Culturales en América Latina y el Caribe En 1982, en México D.F., la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (MONDIACULT) mencionada al principio.
A partir de estas conferencias la UNESCO plasmó la idea del Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural (1988-1997) en pro de cuatro objetivos a través de su programa sobre "cultura y desarrollo":
reconocer la dimensión cultural del desarrollo, afirmar y enriquecer las identidades culturales, aumentar la participación en la vida cultural, fomentar la cooperación cultural internacional.
Vamos a considerar, en este sentido que el objetivo último de las políticas de cooperación cultural es asegurar un desarrollo equilibrado y sostenible de las personas y las comunidades. Un desarrollo en el que todos los factores humanos y culturales señalados anteriormente estén contemplados y en los que la Cultura contribuya de forma especial desde cuatro razones, señaladas en la Directiva aprobada por la Unión Europea a finales de 1996:
Por ser una importante fuente de creación de empleo generado directa o indirectamente a través de la valoración del patrimonio cultural, las industrias culturales y las producciones especificas. Porque es uno de los factores que determinan la localización de la inversión y que mejora la imagen y el atractivo de los entornos. Porque desempeña un papel positivo en la promoción, integración y cohesión social Porque es para las personas, y esto es verdaderamente importante, un elemento de desahogo, crecimiento personal y fortalecimiento de la autoestima, lo que contribuye de forma decisiva a la creación de un clima humano de bienestar necesario para la convivencia.
Siguiendo con estas someras referencias sobre las disposiciones internacionales para la cultura y la cooperación, encontramos que para el mismo año 1996 la cooperación cultural fue entendida por la UNESCO como un instrumento para
1) La difusión del conocimiento; 2) El desarrollo de las relaciones entre los pueblos; 3) La aplicación de los principios de las Naciones Unidas; 4) El acceso al saber, las artes y las letras de todos los pueblos, 5) El beneficio de los progresos logrados por la ciencia en todas las regiones del mundo como enriquecimiento de la vida cultural 6) La mejora en todas las regiones del mundo las condiciones de la vida espiritual del hombre y las de su existencia material.
En el mismo entorno de la UNESCO y tras dos años de debates, se aprobó la Convención Internacional sobre la Protección de la Diversidad en los Contenidos Culturales y las Expresiones Artísticas, con una votación casi unánime entre todos los países, a excepción de Estados Unidos e Israel que se manifestaron en contra. Esta convención supone la adopción de políticas públicas por parte de los Estados Nacionales para promover y dar cauce a la diversidad cultural. Una decisión que evidencia la necesidad de reorientar los modelos de actuación de cara a los entramados de planificación cultural y que transmite a los gobiernos, locales y nacionales, la necesidad de tomar como referencia fundamental para sus políticas la realidad cultural de los pueblos
Poco después, La Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales para el Desarrollo, (reunida en Estocolmo del 30 de marzo al 2 de abril de 1998) consolida todos los principios emanados y hace especial hincapié en sus dos primeras afirmaciones:
1. La política cultural, siendo uno de los principales componentes de una política de desarrollo endógena y duradera, debe ser implementada en coordinación con otras áreas de la sociedad en un enfoque integrado. Toda política para el desarrollo debe ser profundamente sensible a la cultura misma;
2. El diálogo entre las culturas debe constituir una meta fundamental de las políticas culturales y de las instituciones que las representan en el ámbito nacional e internacional, la libertad de expresión universal es indispensable para esta interacción y su participación efectiva en la vida cultural;
Avanzando un poco más y ya en 2004 el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD nos advierte que para avanzar en la lucha contra la pobreza se debe conseguir la construcción de sociedades inclusivas y diversas en términos culturales. “La libertad cultural y el derecho a la diversidad constituyen una parte fundamental del desarrollo humano”. Y como destaca la declaración de la UNESCO “el reconocimiento de la diversidad cultural es un imperativo ético, inseparable del respeto a la dignidad de la persona”.
En este sentido, las políticas de cooperación internacional deben considerar el carácter transversal de la cultura y han de tenerla en cuenta como uno de los más importantes factores para la creación de sociedades más justas y equilibradas.
Si consideramos todo lo anterior como referencias fundamentales para la orientación de las políticas culturales, debemos completar este análisis con el recientemente aprobado Plan Director de la Cooperación Española 2005-2008 en el que se nos hacen especiales recomendaciones para integrar la dimensión cultural en las acciones de la política española de cooperación internacional.
“La cultura y la cooperación al desarrollo tienen la posibilidad de generar sinergias y presentar una nueva y efectiva metodología de trabajo, alcanzando la consideración aceptada por todos de que la cultura es un elemento fundamental para el desarrollo humano sostenible”.
Es desde este marco conceptual desde donde la cooperación cultural para el desarrollo se puede considerar como
El conjunto de acciones de ámbito internacional orientadas hacia el intercambio de experiencias y recursos entre países desde criterios de solidaridad, equidad, eficacia, sostenibilidad y corresponsabilidad. Una cooperación que, en este caso desde el ámbito de la cultura, busca alcanzar un aumento permanente de los niveles de desarrollo político, social y económico.
Una cooperación que va a contribuir a la potenciación de tres ejes de fundamentales:
creatividad, identidad y diversidad. Resumiendo todas las recomendaciones anteriores, debemos decir que las líneas estratégicas que deben integrar las políticas de cooperación cultural, y que nosotros desde el ámbito local podemos asumir, son las siguientes:
Coordinación y establecimiento de programas de trabajo conjunto entre el ámbito público y privado y entre los diferentes actores implicados en la cooperación cultural Contribución al fortalecimiento institucional relacionado con el fomento, gestión, divulgación y socialización de la cultura de los países destinatarios de la cooperación. Conservación, investigación, recuperación y uso social del patrimonio cultural integral, material e inmaterial. Apoyo a programas, encuentros e investigaciones sobre diálogo intercultural así como la generación de capacidades individuales y colectivas para la creatividad cultural como factor de desarrollo. Impulso a la formación cultural como factor clave para la generación de capacidades principalmente en los campos que relacionen legislación, economía y cultura Potenciación de las industrias culturales fomentando la comercialización y circulación de productos culturales.
Aunque pueda parecer paradójico nos encontramos en una momento histórico en el que la cultura, como elemento sustancial para el enriquecimiento del espacio público, se ve continuamente amenazada tanto en sus contenidos como en sus espacios creativos. Asistimos a una contraposición clara: la infinidad de canales disponibles para la creación, difusión y comunicación contra la grave tendencia uniformizadora. Las agresiones continuas a la diversidad cultural desde los grandes monopolios de la comunicación y la limitación creativa de las industrias culturales están reduciendo el dialogo intercultural, el enriquecimiento de las peculiaridades y la aclamación de la diversidad como fuente de prosperidad humana.
Es por ello que se hace cada vez más necesario establecer alianzas que puedan incidir sobre sensibilidades colectivas y que afiancen el espacio público de la cultura. Los gobiernos tienen gran responsabilidad en estos quehaceres y, más concretamente, los gobiernos locales pueden definir los nuevos espacios relacionales para esta participación
COOPERACIÓN CULTURAL, REDES Y TECNOLOGÍA.
Las redes, en este sentido, y más concretamente aquellas redes que nacen de los gobiernos locales, son herramienta fundamental debido a su gran capacidad para rentabilizar esfuerzos y multiplicar resultados, unos resultados que se materializan en aspectos, entre otros, tan concretos como
La capacidad para compartir información y experiencias La capacidad para generar respuestas adecuadas a las demandas ciudadanas La capacidad para representar a los protagonistas de la vida ciudadana ante las diferentes instituciones. La capacidad de conocimiento mutuo y de incorporación a las dinámicas de diálogo. La capacidad de cogestión en defensa de la diversidad. La capacidad de influencia ante estamentos internacionales. La capacidad para fomentar la movilidad de personas y grupos. La capacidad para sortear estructuras pesadas ancladas en el centralismo y la burocracia. La capacidad para aportar referencias conceptuales e intelectuales más amplias y diversas. La capacidad para responder a las necesidades de la complejidad social del momento. La capacidad de aportar nuevas cohesiones territoriales reforzando los valores de la comunicación intercultural. La capacidad de provocar una decisión de participación libre sin anclajes a una dirección central.
Se puede hablar de las redes como una nueva competencia organizativa que en estos momentos adquiere una transcendencia inimaginable no solo para el desarrollo de la cooperación en si, sino también para el de las organizaciones como que las impulsan. En este sentido, no hablamos de las redes únicamente como una herramienta indispensable sino como un elemento que va a contribuir a concebir la gestión para el desarrollo desde ópticas muy diferente a las dominadas por las lógicas de la jerarquía y la verticalidad. Una ópticas que nos van a introducir en la llamada “globalización ascendente” que no es sino aquella que se ejecuta desde lo local a lo internacional.
Ni que decir tiene que la implementación de las políticas de redes supone un auténtico cambio en las concepciones administrativas “tradicionales” y requiere de una gran aceptación del conocimiento compartido. Cambio que, a su vez, abre nuevos caminos para fortalecer a las organizaciones a través de modelos de trabajo relacionales ausentes del ejercicio de poder en su forma tradicional. Es en este entorno que los proyectos de cooperación cultural alcanzan su máximo sentido. La estructura de red ampara, protege y da todo su sentido a la dinámica de la cooperación. Es más, casi se puede decir que, en los momentos actuales no podría plantearse ningún proyecto colaborativo sin tener en cuenta la realidad sociodinámica de las redes.
Nos encontramos pues con un reto. Cómo implementar el modelo de red y adecuarlo a las estructuras vigentes de la gestión de la cultura. Vamos a valorar dos situaciones claras, una, el modelo presencial tradicional representado por la reunión física de los agentes culturales y, otra, la estructuración de los procedimientos a través de los recursos tecnológicos. Ni que decidir tiene que, en la actualidad, la una sin la otra no tienen sentido alguno aunque, personalmente, soy claro partidario de abogar y consolidar estructuras apoyadas por las tecnologías digitales, sobre todo teniendo en cuenta la enorme distancia física que nos separa a unas realidades de otras. Así, si se me permite, voy a abundar estos modelos tecnológicos.
Veamos, sabiendo que las culturas están sustentadas sobre procesos de comunicación y que todas las sociedades humanas han evolucionado alrededor de entornos simbólicos, se hace necesario destacar la importancia del conocimiento de esas realidades para la comprensión y aceptación de la diversidad. Sin una eficaz política de comunicación ese conocimiento no existe y es desde los entornos digitales desde donde se puede ejercer una labor de auténtico calado. Aparecen nuevos espacios simbólicos en los que la gestión relacional diferida nos va a proporcionar el enriquecimiento de las identidades colectivas.
Así, bajo una perspectiva de auténtica ecología cultural y social, nos encontramos con que los sistemas tradicionales de gestión, casi siempre vertical y unidireccional, pierden su eficacia si los observamos desde la complejidad que suponen los actuales sistemas abiertos. Esta dimensión comunicativa compleja y dinámica, posibilita un margen más amplio de libertad, autonomía e interacción. Los nuevos escenarios de relación internacional y las estructuras abiertas de colaboración inter local requieren de entornos que vayan más allá de los estrictamente presenciales, que traspasen la limitación de lo físico. La superación del espacio, la transgresión del tiempo, la ampliación del territorio.
Por otra parte, el paradigma digital debe contemplarse como un elemento primordial para la promoción de las relaciones humanas, para la construcción de un universo colaborativo sustentado sobre las filosofías que trascienden la paranoia de la competitividad y el individualismo, que trabajan desde criterios de globalización más igualitarios, sin imposiciones. Un espacio público de intermediación que abre la posibilidad de acceder a la libertad de la palabra. Esta es la esencia del espacio digital abierto y trabajar desde sus fundamentos debe convertirse ya en uno de los compromisos fundamentales de quienes trabajamos en cultura, el compromiso de conocer, comprender y utilizar estas tecnologías como medio de amplificación social de nuestros objetivos. La web 2.0 como paradigma orientado hacia la interacción y a las redes sociales.
CONCLUSIÓN: LA ETICA DE LA COOPERACIÓN
Como hemos venido observando a través del desarrollo del texto, lo local esta cobrado dimensiones que transcienden las lógicas municipalistas precedentes. En un nuevo contexto global, los ámbitos locales se convierten en espacios para la construcción de proyectos colectivos integrados en un ámbito que traspasa sus limites geográficos. El input y el output como modelos de gestión, las entradas y salidas, las concatenaciones internas, las referencias externas y las influencias tangenciales. Hoy los gobiernos locales deben incorporar en sus agendas cuestiones emergentes como la sostenibilidad, la cooperación para el desarrollo, la diversidad cultural…
Ante estos nuevos retros el gobierno local se enfrenta a una serie de circunstancias que le obligan a replanearse sus roles y revisar lo global como una referencia clara de compromiso, una referencia que le exige, por decirlo de un modo tajante, a buscar en la acción cultural las señales para el desarrollo y progreso integral de los actuales municipios. Se puede decir que, en muchas de nuestras ciudades y, dentro de ellas, en muchos de nuestros barrios, la multiculturalidad es algo tan obvio que resulta ridícula hasta su mención. ¿Quién es de dónde? ¿De dónde procede quién? Por ello es absolutamente necesario
el reconocimiento y la integración de la complejidad cultural como un elemento intrínseco al proceso de desarrollo municipal; la participación de todas los diversas realidades en una estructura de redes plurales que permeabilicen las decisiones y sostengan la pluralidad la adopción de nuevos roles y la utilización de nuevos instrumentos por parte de los poderes públicos locales con el fin de afrontar las nuevas tendencias, satisfacer las nuevas necesidades y profundizar en la implicación cívica de la ciudadanía.
Ciudadanía, cotidianidad y mundo globalizado son conceptos que hoy se entremezclan para crear un nuevo fenómeno que no se limita a un territorio geográfico sino que se conjuga con una inevitable orientación hacia lo externo, como concepto y como filosofía. Todo ello implica derivar la atención a procesos relativos a la cultura de la diversidad. Una diversidad que convierte a las ciudades en un mosaico multicultural, que las hace más ricas, una diversidad que las convierte en un recurso inagotable de representaciones ciudadanas y que las orienta hacia propuestas que tienen como modelo el combate activo de la desigualdad. Una situación que conlleva enfrentarse al reto de una sociedad dinámica y cambiante desde las posturas de la innovación y de la creatividad. Todo ello entendiendo la cultura como un derecho, como un auténtico agente de cambio: Lo local y lo global como retos de la acción cultural transformadora
A modo de resumen podemos sintetizar los siguientes puntos:
El desarrollo de las nuevas sociedades requiere de políticas culturales activas que impliquen a todo el abanico de los actores sociales, tanto desde el ámbito nacional, local como interregional e internacional. Esto que supone modificar las prácticas cotidianas de los gobiernos locales y orientarlas hacia una normalización de la intervención global que fortalezca las posibilidades de acción local con perspectivas internacionales.
Es primordial mantener una continua actitud reflexiva en torno a las políticas culturales de cooperación si no queremos caer en un dividendo de mercados disfrazado de cooperación. Debemos propiciar acuerdos internacionales que impulsen la creación de redes de ciudades, de corredores culturales, de espacios de confluencia, virtual o presencia, para crear nuevos vínculos entre cultura y sociedad.
Se requiere la definición de las prioridades para alcanzar mecanismos eficaces para que, a través de la cooperación, se avance hacia el intercambio equitativo y la libertad cultural.
Es necesario sistematizar iniciativas y buenas prácticas de gestión cultural a través de Observatorios Culturales y Redes, que refuercen la cooperación entre profesionales de la gestión cultural y que permitan la consolidación del sector y la introducción de disposiciones más contemporáneas.
Es importante poner la cultura en el centro de nuevas políticas de carácter transversal y prospectivo, para trabajar por la diversidad y el pluralismo y por el derecho a la dignidad cultural.
La inteligencia compartida y el conocimiento distribuido son los grandes referentes para consolidar estas propuestas.
Nota: este artículo esta concebido bajo licencia copyleft. “Omnia comunia sunt”
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