Un poco de historia.
Acercamos a la Tipografía con una percepción distinta a la tradicional visión artesana que de este oficio tenemos, y contemplar esta antigua técnica como arte, nos obligará a recapacitar sobre su historia y sobre la concepción filosófica que hoy, cualquiera de nosotros, debemos tener acerca de la tipografía.
Inicialmente, creo que es aconsejable hacer un poco de historia de la llamada en su tiempo “escritura artificial”, y para ello lo primero es aclarar que es esto de la tipografía. Y mientras el diccionario la define como el arte de imprimir caracteres, utilizando, para ello, piezas móviles intercambiables y reutilizables, la historia nos descubre que de esta actividad se encuentran precedentes en la China del siglo XI, allí se utilizaban signos sueltos, elaborados con barro cocido.
Este método, además de muy laborioso exigía la producción de entre 4.000 a 5.000 signos diferentes para lograr una composición con la que posteriormente realizar una impresión. Hay investigadores que afirman, que la impresión con bloques grabados es originario de la india, material con el que se imprimían tejidos, estos eran sellos pequeños y tenían patrones que se repetían en todo el tejido. De allí, las técnicas de estampación pasaron a Egipto, a Japón, a Persia y finalmente a Asia Central. Tampoco debemos de pasar por alto que en Europa ya se imprimía, utilizando para ello bloques de madera grabados, desde mucho antes del año 1400, estos protoimpresores realizaban estampas de santos de bloques de madera en los que las imágenes y los textos eran grabados a la vez, y que luego eran transferidos al papel mediante presión.
Pero para que la tipografía tenga carta de naturaleza, deberemos esperar a que un orfebre perteneciente a la familia burguesa de Gensfleisch, en Maguncia, y llamado Johannes Gutenberg (1398‑1468) comience, a mediados del siglo XV, a dirigir su experiencia como orfebre y sus conocimientos de los metales hacía la creación de unos tipos, que grabados directamente sobre metal, reprodujeran fielmente las letras góticas usadas en esa época por los copistas en Alemania.
Estos tipos móviles que podían ser usados varias veces fueron el inicio que le llevaría a desarrollar un proceso que sustituyera el lento trabajo de los copistas mediante la semejanza de la letra artificial de la imprenta. Hoy a nosotros nos parece como un invento capital en la historia de la humanidad no podemos olvidar que para sus coetáneos la visión del nuevo invento resultaría mucho menos prosaica y mucho más práctico, limitándose al ahorro de tiempo, energía y sobre todo reducción de costes a la hora de obtener una copia o" trasunto" del libro encargado. Estos primeros impresores aspiraban a realizar una copia lo más exacta del manuscrito, por lo que su premisa era "realizar una obra bien hecha".
Con las habilidades propias de un orfebre, y la participación de sus socios Schöffer y Fust. Gutenberg comenzó a grabar en punzones y a fundió decenas de caracteres metálicos individuales, que se podían combinar, para formar páginas de texto, que luego de impresas podían ser reutilizadas. Los caracteres de Gutenberg eran una perfecta imitación del estilo de los escribas alemanes, una letra cuadrada, muy compacta, incluso llegó a copiar las ligaduras y los caracteres con terminaciones especiales. Fueron muchos los obstáculos con los que se encontró y grande la habilidad y genialidad con los que uno a uno fue resolviéndolos.
Empezando por encontrar un metal que fundiera con facilidad, y que además de fluir por toda la matriz, luego de enfriarse ofreciera una dureza que pudiera soportar la presión ejercida y su posterior reutilización. La aleación de metales que se utilizada desde entonces, esta compuesta de 75% de plomo, 20% de antimonio y 5% de estaño, en donde el plomo se usa por lo fácil de fundir y por darle a la aleación ductilidad y hacerla compacta, el antimonio para darle resistencia con el fin de que no aplaste fácilmente durante las repetidas y numerosas tiradas y el estaño para evitar la oxidación.
Y que decir de la tinta, lo que se conocía en aquellos años eran los pigmentos disueltos en agua que se utilizaban para imprimir los bloques de madera, y por ser tinta al agua extraída del encino, ofrecía mucha humedad, y no servía con los tipos de metal, por lo que tuvo que idear una tinta, en la que usaba una mezcla de aceite de linaza y de pigmentos de los usados en la pintura de óleo.
Y finalmente para la impresión, modifico prensas existentes en la elaboración del vino y del papel, de modo que pudiera transferir la tinta al papel. Todos estas invenciones y modificaciones técnicas se mantuvieron, con muy pocas variaciones, durante más de cuatrocientos años.
Aceptando la fecha de 1454 como el inicio de la Imprenta, deberíamos recordar que fue la invención de lo que hoy conocemos como Tipografía, lo que realmente marcó el inicio de una revolución en la divulgación del conocimiento, las ideas y la normalización de la escritura y del lenguaje en aquella Europa renacentista tan ávida de cultura. Un proceso que desde su inicio se ve abocado a numerosas dificultades que aquellos tipógrafos tienen que vencer, salvando los obstáculos y resolviendo no pocos problemas. Las dificultades materiales, el secreto con el que se trasmitía la técnica y la insuficiencia económica acompañaran al invento durante los primeros años.
Y sin embargo los investigadores sostienen que en el año 1500 Europa contaba con 1.100 prensas de imprenta repartidas en 200 ciudades con una capacidad de publicación de más de 36.000 publicaciones y una tirada total cercana a los 10.000.000 de ejemplares, cantidad que da un ejemplo de la rapidez con la que la Imprenta se propagó por toda Europa.
Como he dicho, la razón de ser de la tipografía, en sus comienzos, no fue otra que el sentido copista de los primeros impresores y ello condicionó tanto a los calígrafos encargados de crear un alfabeto modelo, como a los orfebres encargados de tallar las letras en los punzones y crear las matrices, de ahí el uso en sus comienzos de los tipos góticos, pues estos imitaban fielmente la letra utilizada por los copistas alemanes del siglo XV.
Posteriormente y tras el asalto de las tropas de Adolfo de Nassau a Maguncia, y la consiguiente destrucción de los talleres y dispersión de los operarios e impresores de dichas imprenta a lugares más seguros, propició la difusión de la Tipografía fuera de Alemania. Estos primeros maestros se irán desplazando a lo largo de la cuenca del Rhin, hasta recalar en la ciudad de Roma, que era uno de los focos espirituales del mundo medieval y lugar en el que sus conocimientos serian apreciados.
Con la dispersión de los tipógrafos alemanes, el secreto de "la manera de imprimir" deja de serlo, y el arte tipográfico comienza a difundirse mediante el aprendizaje en los talleres, práctica esta que se ha mantenido inalterable hasta la década de los sesenta con la aparición de los procesos informáticos.
En la Roma del Papa Nicolas V, los copistas eran legión. Copiar los manuscritos o transcribir las obras destinadas a la Biblioteca Vaticana ocupaba no solo a copistas italianos sino que se recurría a los servicios de copistas alemanes y franceses para atender tan ingente tarea. El empleo de copistas produce una gran carestía de los libros, que propiciará la implantación de un medio de copia más rápido y económico como era la imprenta.
En 1464, tan solo diez años después de su invención, se instalan las primeras prensas tipográficas en Roma y comenzaran a componer e imprimir bulas, folletos y libros. No cabe duda que en ese momento aquellos prototipógrafos habían ganado la partida a los copistas. En Italia se produce, además, una novedad en la Imprenta en cuanto a la fisonomía de los tipos móviles utilizados por los impresores alemanes hasta ese momento. La razón de ser de los tipos góticos germanos no era otra que la de imitar los manuscritos alemanes, pero ahora, en Roma, se encuentran con unos manuscritos escritos en unos tipos distintos.
De los muchos caracteres diseñados en los últimos quinientos años, la mayoría tienen su origen en las inscripciones epigráficas de las ruinas de la antigua Roma. La Columna Trajana tallada en el 114 bien pudo servir como base (en cuanto a proporciones y forma) para la creación de las mayúsculas de la familia tipográfica Romana, siendo quizás algunos manuscritos del siglo VIII las fuentes para la creación de las minúsculas. Las cualidades estéticas de aquellos tipos en cuanto a legibilidad propició su difusión en la composiciones renacentistas de grandes maestros tipógrafos, que como Aldo Manuncio o Nicolás Jonson, supieron crear unos modelos de página de texto que siguen siendo modelo tipográfico en la actualidad.
Si bien los calígrafos utilizando el cálamo o los canteros mediante los cinceles crean letras tal y como los instrumentos de los que se valen las crearon, con la tipografía no ocurre lo mismo. El modelo es copiado en el punzón y este usado para sacar la matriz que terminará creando el tipo, con lo que ligeras variaciones se producirán del modelo original, si además tenemos en cuanta que estos caracteres son recubiertos con una tinta espesa y que esta se depositará en una hoja de papel fibroso y absorbente como consecuencia de la presión ejercida por una máquina el resultado final creará un efecto suave y ligeramente más grueso que el tipo usado.
Un proceso tecnológico, no me cabe duda, revolucionario. La nueva tecnología había demostrado su valía imitando las prestaciones del proceso manual al que pretendía desplazar. Y una vez que la nueva tecnología se revela como alternativa aceptable a la anterior, las posibilidades de supervivencia están aseguradas. Lo paradójico de esta reacción es que cuando una tecnología pasa a ser dominante, acabará sustituye por completo a la anterior. Este proceso se ha seguido repitiendo en el arte tipográfico hasta nuestro días. Si a la palabra escrita sobre el papel, Gutenberg opuso la "escritura artificial".
El sistema de composición manual será desbancado a comienzos del siglo XX por máquinas como la Monotype o Linotipe capaces de componer líneas completas al estilo tradicional. A las que treinta años más tarde, tras la Segunda Guerra Mundial, la Fotocomposición se encargada de relegar a los trasteros. Y así hasta llegar a la autoedición en el siglo XX, con la llegada de los procesos informáticos a los talleres gráficos, la tipografía y los procesos tradicionales de impresión acabarían por desaparecer de las imprentas. Esta última tecnología se ha adaptado tan bien a las necesidades actuales de producción, que no solo ha vuelto obsoleta la composición manual o mecánica, sino que ha logrado lo que los otros sistemas no consiguieron, eliminar físicamente de los talleres la tipografía.
Y sin embargo, estos avances y revoluciones tecnológicas nunca ha supuesto la desaparición total de la tipografía. Todo lo contrario, a cada avance tecnológico o mejor dicho, paralelamente a él, se han ido producido a lo largo del siglo pasado y lo que va de este un movimiento reaccionario que propugna el resurgimiento de la tipografía como arte. Estos movimientos aun aceptando la realidad de los tiempos modernos, plantean una regeneración intelectual de la Tipografía y del concepto de Artes Gráficas.
La necesidad de adaptar del arte tipográfico al tiempo presente, ha propiciado que corrientes artísticas como el Dadaísmo suizo, el Stijl holandés o el Constructivismo Ruso experimentaran con la tipografía, favoreciendo el que estos aportaran una sólida base filosófica y estilística a la tipografía. En los primeros años del siglo XX y coincidiendo con la aparición de las máquinas de composición mecánica, será cuando bajo la influencia de la Escuela alemana de La Bauhaus (1919) el tipógrafo suizo Jan Tschichold con el libro "Die Neue Typografie" siente las bases de la tipografía moderna. Su intento de integrar Arte y Artesanía será el referente de los siguientes movimientos tipográficos. Un oficio con toda su parafernalia.
Por poco que se conozca el arte tipográfico, lo esencial todos lo sabemos. Quizás lo que no tantos conozcan son los "intríngulis" del oficio, y menos aún, si nunca se ha estado en una imprenta. Todo en un taller de tipografía esta regulado y definido, desde los muebles a las herramientas, pasando por las letras o las medidas, con el paso del tiempo se ha ido ajustando a las necesidades de los propios tipógrafos,
En un taller, lo primero que encontramos son las máquinas de imprimir, comodines y chibaletes. Mientras las primeras son imprescindibles para obtener las copias en papel del texto tipográfico, los segundos son necesarios para guardar desde los signos tipográficos al resto de material necesario para componer textos.
El Chibalete es un mueble de madera provisto en la parte inferior de correderas donde se guardan las cajas y con la parte superior ligeramente inclinada para sostener la caja durante el trabajo, esta palabra deriva de la francesa chevalet (caballete), la diferencia con el comodín es que este último tiene la parte superior plana como una cómoda, de hay su nombre.
Dentro encontramos las cajas, que es donde guardarnos los tipos de imprenta. Las cajas están divididas en cafetines de distintas medidas en base al mayor o menor uso de las letras en ellos depositadas durante la composición. La caja a su vez está dividida en Caja alta, que ocupa la parte superior i izquierda, y es donde están colocadas las letras mayúsculas; la Caja baja, en la parte inferior, contiene las letras minúsculas, números, signos de puntuación y espacios; y la Contracaja, en la parte superior derecha, donde encontraremos letras y símbolos de menor utilización en la composición.
Como curiosidad antropológica diré, que la expresión Caja alta y Caja baja procede de los inicios de la imprenta, cuando estas eran móviles y los tipos estaban físicamente estaban divididas en dos: alta y baja, y para mayor comodidad en el traslado de las pocas cajas de las que disponía el tipógrafo las colocaba una encima de otra, que durante su utilización colocaba sobre un chibalete desmontable.
Pero además de las cajas, el tipógrafo necesita de otros utensilios y máquinas para poder realizar su trabajo. Así, el componedor; sobre el que colocar los tipos durante su composición, las pinzas; necesarias para poder extraer los tipos a corregir del molde, la galera; que es una plancha de metal con tres de sus cuatro lados cerrados sobre el que se coloca el molde, la prensa sacapruebas; en la que obtendremos la primera prueba del molde de modo que podamos corregir los defectos de composición antes de su impresión definitiva, los rodillos de mano; con los que entintar el molde, o la bruza; cepillo con el que limpiar los moldes, son herramientas imprescindibles en el trabajo cotidiano del tipógrafo. Y como regla básica, todo debe de ocupar un lugar en el taller y cada cosa debe de estar en su sitio lista para el uso.
Como decía al principio en la tipografía todo está regulado y normalizado. Aquí también tenemos nuestra unidad de medida que es el Punto Didot y el Cícero, donde doce Puntos forman un Cícero y el tipo tiene una altura 63 puntos. Con la propagación de la Imprenta se hizo necesario unificar criterios en cuanto a la altura de los tipos de cara a la fundición sistemática de los caracteres. Aunque será Françoise Didot quién a mediados del siglo XVIII perfeccionó el sistema de medida tomando como base el pie de rey, que era la medida de longitud usada en aquella época, hoy sabemos que fue Pierre Simón Fournier el que publicó en 1737 un sistema o tabla de proporciones que llamó dudodecimal.
Para ello cogiendo la letra más pequeña que entonces se fundía y que recibía el nombre de nomparela, la dividió en seis partes, y a cada una de ellas las que llamó punto, usando la palabra de Cícero para nombrar la medida que se obtenía del doble de la nomparela. Didot, con posteriroridad, al usar un patrón distinto, ajustará las medidas a las que hoy tenemos. En la actualidad el tipo mide de altura 63 puntos que equivalen en el sistema métrico a 23,688 mm. Esto en Europa y los países de su influencia, porque si usamos un tipo fundido en Inglaterra o Estados Unidos necesitaremos calzarlo con un trocito de papel al medir 0,35 mm. Menos, debido a que en estos países el patrón utilizado por las fundiciones fue la pulgada inglesa.
Además del tipo, en la composición utilizaremos material de blancos que se usa para rellenar los espacios de las páginas que no aparecen en la impresión estos pueden ser espacios, cuadrados, interlineas, lingotes e imposiciones. Y tipos de madera, tintas de diversos colores… Pero además del material, el tipógrafo debe de desarrollar cierta técnica para manipular con éxito tanto los tipos sueltos como los moldes o paquetes. Deberá de aprender a sacar las líneas de texto del componedor y depositarlas en la galera, a unir todas las líneas que forman el molde con un cordel de modo que las letras no se empasten o mezclen. La Tipografía como Arte.
La tendencia que tiene la tipografía de reinventarse continuamente en este último siglo es sin duda lo que le ha alejado de la parálisis que de otra forma hubiera experimentado a cada arremetida tecnológica, aportándole el vigor y dinamismo necesario para perdurar a la hecatombe producida en los últimos diez años. Ahora vivimos un tiempo en el que esta ciencia llamada tipografía se tiene que convertir en arte, no tanto en el diseño de tipos de letra, que eso es otra cuestión, sino que el proceso de composición y estampación manual sea capaz de producir una obra de arte.
Las reflexiones que sobre este concepto desarrollaron tanto artistas Cubistas como especialmente los futuristas con relación a la tipografía como instrumento para crear un nuevo orden gráfico y visual abrieron el camino para que artistas provenientes de otros campos de la creación vieran en la tipografía el instrumento del que valerse para realizar su obra. Desde los Caligramas del poeta Apollinaire en 1913; a la obra del también poeta Filippo Tomaso Marinetti que él definiera como “Lengua Transracional” sumando a la palabra la imagen visual que aporta el material tipográfico, o los trabajos de los formalistas rusos en 1917 creando poemas mediante las dispersión de letras, símbolos y fonemas, unieron la creación poética con la capacidad expresiva y plástica que tiene la tipografía. Más adelante, artistas de La Bauhaus, retomaran la idea gremial de la tipografía creando verdaderas obras de arte partiendo simplemente de tipos de imprenta. En la nueva tipografía las palabras impresas se ven, no se oyen.
En España tenemos buenos ejemplos de esta filosofía en algunos miembros de la Generación del 27. Poetas como Emilio Prados o Manuel Altolaguirre supieron conjugar la creación poética con el oficio de tipógrafo-impresor. Para ellos tan importante era el texto original como el texto impreso. Sus trabajos, con la perspectiva de los años, se manifiestan en su conjunto como verdaderas obras de arte en sí mismas. Las bellas ediciones que Manuel Altolaguirre realizara, con su imprenta portátil, durante el exilio en Cuba son un buen ejemplo, desde la elección de la tipografía, la impresión, o la encuadernación manual; hasta el tipo de papel usado, le dan a la obra una indudable unidad artística.
Es este el camino por el que debe de encaminarse la tipografía para alcanzar el grado de arte, en el contacto con pintores, poetas y grabadores de manera, que su creación plástica sea enriquecida con elementos tipográficos obteniendo una obra diferente y nueva. La composición tipográfica manual aporta el relieve y las irregularidades propias de la técnica a una obra, que realizada con métodos actuales sería imposible, siquiera, imitar. Hoy buscamos lo auténtico, queremos recuperar el regusto que deja el artesano en su obra porque sabemos que por su elaboración manual cada pieza es única y diferente. El Tipógrafo tiene que convertirse de nuevo en artesano, dando paso a los procesos tradicionales de estampación y composición, produciendo una obra original e inimitable.

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