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El mundo existe todavía en su diversidad. Pero esa diversidad poco tiene que ver con el calidoscopio ilusorio del turismo. Tal vez una de nuestras tareas más urgentes sea volver a aprender a viajar, en todo caso, a las regiones más cercanas a nosotros, a fin de aprender nuevamente a ver.

MARC AUGÉ

I. EL TURISMO: UN NUEVO CAMPO DE INVESTIGACIÓN ANTROPOLÓGICA

La importancia económica y sociocultural del turismo es creciente, y constituye cada vez más —sobre todo en muchos países del sur— una fracción sustancial de sus recursos.

Esa espectacular relevancia cuantitativa del fenómeno turístico, se ve acompañada por la densa y compleja trama de influencias, cambios e impactos, que inducen sus actividades e infraestructuras sobre las culturas y entornos receptores de su presencia.

El turismo se presenta, así, como una realidad que interesa y cruza a múltiples disciplinas: Geografía, Demografía, Economía, Ecología, Politología, Sociología, Psicología y Antropología. Por consiguiente, el estudio de esta temática puede y debería verse abocado a la interdisciplinaridad; desde una perspectiva cooperativa, coordinada y no jerárquica de las ciencias citadas. En este marco coral e integrador, la Antropología, como ciencia social de las culturas, está llamada a contribuir productivamente.

Parece claro que el acervo teórico, metodológico y ético propio de la mejor tradición antropológica, ofrece una despensa de recursos virtualmente útiles para el estudio y comprensión del turismo. En particular: el trabajo de campo intensivo —la etnografía—, y los modelos teóricos e interpretativos que esta ciencia social ha ido construyendo acerca del cambio sociocultural y de los procesos contemporáneos de aculturación y difusión cultural.

En los momentos fundacionales de la Antropología, sustentada en las primeras descripciones académicas de la diversidad cultural, ésta era percibida desde la óptica de la curiosidad colonialista por el conocimiento y control de la diferencia atribuida a lo “exótico” o “primitivo”.

Partiendo de esa visión etnocéntrica, limitada —desde la satisfecha atalaya occidental— a lo “remoto”, con su aureola de radical alteridad, la ciencia de la cultura ha tenido que irse adaptando a los acelerados cambios de la modernidad, mediante la renovación o reorientación de sus campos de interés. Así, desde la decimonónica fascinación distante por los otros, se pasa hoy día a reconocer —citando a Bohannan-—que “para raros, nosotros”.1 En ese desplazamiento de la Antropología hacia nuevos objetos de atención más cercanos, se dibuja la tendencia a ocuparse preferentemente por aspectos o sectores de la cultura —subconjuntos del sistema—, antes que por la tradicional y ambiciosa cobertura holística: aquel soberbio programa perseguidor de una explicación totalizadora de todos los grupos humanos, en todas sus facetas y en todas las épocas.

Uno de los efectos más visibles de este reciclaje adaptativo, al enfrentarse con los vertiginosos procesos de homogeneización económica y cultural que —desde mediados del XX— impulsa el capitalismo a escala planetaria, consiste, precisamente, en delimitar temas parciales o enfoques específicos, vinculados con nuevas dimensiones o problemáticas de la vida social y cultural. Lo que ha desembocado en la construcción de un nuevo paisaje temático y metodológico para la Antropología.

Se tiende ahora al abandono del objeto fundacional —neocolonial— de investigación antropológica: el “hombre primitivo”; y se pasa al “campesino”, al habitante del “tercer mundo”, al “urbano”, al “marginal”, etc. Lo que resulta es un continuo desplazamiento, sintomático de la necesaria actualización de una Antropología demasiado anclada —desde sus primeros pasos— en la selección, búsqueda y control de estereotipos de la alteridad y la diferencia.

1 Éste es, a la vez, el estribillo antietnocéntrico y el título del libro: BOHANNAN, P., Para raros, nosotros. Introducción a la Antropología cultural, Madrid, Akal, 1996.

Con todo, queda mucho todavía del enfoque originario y de su identidad primera como ciencia social de la cultura, en este saludable ejercicio de actualización: el énfasis en el estudio de las culturas como sistemas, la investigación sobre sus componentes y procesos, así como acerca de la compleja red de interacciones que se da entre tales elementos. Como señala Agustín Santana:

Cuando nos referimos a los estudios antropológicos del turismo (…) los ‘otros’, el objeto tradicional de la antropología, se complejiza y, en parte, retoma la vieja visión de lo exótico en su aplicación al turismo (…) para obtener un ‘otro’ acotado, limitado a nuestro campo de estudio, que puede recibir el nombre de ‘turista’, ‘anfitrión’, ‘indígena’ o ‘huésped’, pero en último término no ha variado tanto respecto al ‘hombre primitivo’ que estudiaron los antropólogos de ayer.2

Así pues, este nuevo subconjunto de la práctica antropológica concuerda con la tendencia actual a sustituir el ambicioso estudio global de culturas, por la investigación en profundidad de aspectos parciales o problemáticas concretas.

Es en ese contexto donde surge el reciente interés antropológico por el turismo, y el consiguiente desarrollo de una —todavía incipiente— tradición teórica e investigadora, que puede denominarse, y comienza a conocerse como “Antropología del turismo”.

II- RECURSOS TEÓRICOS Y METODOLÓGICOS DE LA ANTROPOLOGÍA PARA EL ESTUDIO DEL TURISMO

El colosal crecimiento de los flujos estacionales de población que canaliza el sistema turístico en las últimas décadas, 3 provoca nuevas for

2 De SANTANA TALAVERA A, Antropología y turismo, Barcelona, Ariel, 1997. En los epígrafes dedicados al establecimiento de tipologías sobre el sistema del turismo, nos basamos ampliamente en el riguroso y completo análisis que realiza el autor. 3 Según datos de la “Unión Internacional de los Organismos Oficiales de Turismo”, en 1985 tuvieron lugar 250 millones de desplazamientos turísticos; que se duplicaron en 1993, según la UNESCO.

mas y grados de encuentros, interacciones y conflictos intra e interculturales, específicos de la actividad turística.

Los componentes, procesos y efectos de estos fenómenos, conectan muy directamente con problemáticas y modelos de análisis ampliamente desarrollados por la antropología: contacto y choque cultural, aculturación y difusión, etnicidad e identidad, modernización y globalización, cambio social y cultural, etc. Todas ellas, cuestiones características de la mirada antropológica desde hace tiempo.

Por tanto, conviene comenzar presentando ese útil bagaje teórico y metodológico de la Antropología, para contribuir a esa tarea necesariamente interdisciplinar: describir y explicar la actividad turística, sus tipos y modos de operar, los procesos que impulsa y los efectos que produce.

II.1-Contacto entre culturas y procesos de aculturación

La noción de aculturación —“acculturation”— fue acuñada en el seno de la corriente antropológica Culturalista norteamericana, a partir de los años treinta del pasado siglo; si bien, su desarrollo teórico y práctico se afianzó durante la década de los cincuenta.

Una definición reciente es la que formula J.-F. Baré: “El término aculturación designa los procesos complejos de contacto cultural por medio de los cuales, sociedades o grupos sociales asimilan o reciben como imposición rasgos o conjuntos de rasgos que provienen de otras sociedades”.4 No obstante, nada nuevo se añade aquí a las aproximaciones originarias al concepto, que elaboraron los clásicos culturalistas de aquella primera generación, como Redfield, Linton, Herskovits y Foster.

El contexto investigador en que se producen estas elaboraciones pioneras, viene definido por el redoblado interés que despierta entre los antropólogos el fenómeno del cambio sociocultural, en las nuevas coordenadas de la descolonización. Se comienza a observar retrospectivamente el devenir de las culturas antaño sometidas, ante las nuevas situaciones de posguerra. Sin embargo, la operatividad analítica y práctica de la noción, pronto se vio cri

4 BARÉ, J.-F,: "Aculturación", en BONTE, P. e IZARD, M., Diccionario de Etnología y Antropología, Madrid, Akal, 1996; pp. 13 a 15.

ticada por su excesiva generalidad. Por ello, se afinó y descompuso en nuevos aspectos, para poder dar cuenta de las múltiples formas que podía revestir el contacto entre culturas y los recíprocos efectos entre ellas.5 Es aquí donde se sitúan los esfuerzos teóricos por reforzar el concepto de aculturación, ante los peligros ultrageneralistas y etnocéntricos; tarea protagonizada por Linton y Herskovits, entre los fundadores del mismo.

En una visión de conjunto, se le ha reprochado con cierto fundamento su escasa atención a las dimensiones políticas que constituyen el contexto del contacto cultural y la aculturación. Es decir: a las formas de dominación, organización del poder e influencia recíproca que se manifiestan en estos fenómenos.

Tradicionalmente, los estudios de tales procesos han enfatizado con demasiada frecuencia uno u otro de los polos culturales que entran en contacto: la “cultura fuente” o emisora, o bien la “cultura blanco”; o las culturas “donante” y “receptora”, según otra acepción. Este enfoque ignora precisamente el que debería ser objetivo central de las investigaciones: las modalidades de comunicación entre dos o más culturas, olvidando así la hipotética situación de intercambio que -—aún asimétrico— suele producirse en las sociedades conectadas. Reflexión que lleva aparejada la necesidad de analizar también las formas de recepción, adopción, rechazo, integración o reinterpretación de los rasgos, influencias o instituciones que se “mueven” de una a otra cultura.

La incorporación de los conceptos de “rasgo cultural” y de “difusión” al dispositivo teórico de los estudios sobre aculturación, ha sido uno de los aspectos más cuestionados por sus críticos: al detectar una concepción subyacente de la cultura, como reducida a ser un agregado más o menos compacto de elementos culturales, dificultando u omitiendo el crucial estudio de las relaciones complejas y cambiantes entre ellos.

Sin embargo, esta crítica podría salvarse subsanando tales desenfoques, a partir de la incorporación de la dimensión histórica y de una perspectiva sistémica a la definición y al uso del concepto de aculturación. 6

5 Necesidad de afinamiento teórico que ha sido reclamada con énfasis en: WACHTEL, N., Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española, Madrid, Alianza, 1976. 6 Sobre todo a partir de notables aportaciones históricas y metodológicas, como la de: WOLF, E., Europa y la gente sin historia, México, FCE, 1994.

El punto de partida clásico para definir la aculturación, arranca de un breve y ya célebre texto que se publicó en 1936. En aquél, se formulaba la siguiente definición: “La aculturación comprende aquellos fenómenos que resultan cuando grupos que tienen culturas diferentes entran en contacto directo y continuo con los subsiguientes cambios en la cultura original de uno o de ambos grupos”.7

En esta primera aproximación ya se ensayaba una tipología provisional y de modesto alcance, sobre los distintos tipos de contacto cultural y sus correspondientes efectos o resultados: “aceptación” —como sustitución de elementos o rasgos culturales—, “adaptación” —combinación de elementos de nuevos conjuntos—, y “reacción” —o rechazo de elementos alógenos.

Sobre estas bases, y en las décadas siguientes, se ampliaron y completaron muchos aspectos necesitados de una elaboración más rigurosa, para dar cuenta de los complejos procesos que se trataban de describir y comprender. Se avanzaron así productivos desarrollos teóricos sobre: difusión, contacto cultural y transculturación.

Por otra parte, Ralph Linton centró su atención en las formas que podía adoptar el cambio cultural inducido, a través del concepto de “difusión”; así como de las formas de aceptación o resistencia que le acompañan.

Con todo, el estudio de la aculturación se aplicaba casi exclusivamente —y en un sentido limitado—, a las situaciones de contacto con predominio de sociedades occidentales, lo que al poco le granjeó una merecida crítica de etnocentrismo.

La creciente sutileza del aparato analítico sobre los procesos de aculturación, desembocó en la producción de nuevos conceptos y redefiniciones de los anteriores, como el de “biculturación”, que podría ser útil para el estudio de la relación turistas / anfitriones:

Cuando los individuos, en situaciones de contacto que estimulaban la sustitución [de rasgos culturales], no se atenían a un tipo único de respuesta. Como en el caso del bilingüismo, un individuo

7 REDFIELD, R., LINTON, R., y HERSKOVITS, M., "Outline for the Study of Acculturation", en: American Anthropologist, 38, 1936, pp. 149 a 152.

podía adoptar dos o más formas de comportamiento y practicarlas adecuadamente en diferentes circunstancias.8

En cuanto a Robert Redfield, en su teorización sobre el continuo “Folk-urbano”, formuló la hipótesis —tan aceptada al principio como cuestionada hoy, por banal— de que la disminución del aislamiento de una sociedad o grupo, implica el incremento de las ocasiones de contacto. Lo que constituye una proposición tautológica, pues resulta difícil medir el grado de aislamiento prescindiendo de su relación con la frecuencia o grado de los contactos. En todo caso, se le debe la productiva idea de relacionar el cambio cultural con la escala de las sociedades implicadas; lo que puede resultar útil para abordar el estudio de las relaciones socioculturales asimétricas que suelen presidir el sistema turístico en casi todos los casos.

Todo ello contribuyó a enriquecer el campo de aplicación y el bagaje analítico que lleva aparejado el concepto de aculturación, inscrito a partir de entonces en el marco más amplio de los estudios sobre el cambio social y cultural: “La relación entre los cambios en pequeña y gran escala y entre los cambios a corto y largo plazo, son dos ejemplos de las múltiples complejidades analíticas y fácticas que encierra”.9

De este modo, los estudios de aculturación se abrieron, por fin, al análisis de las persistencias de las estructuras tradicionales, en el nuevo contexto de las teorías sobre la modernización y la globalización.

Estas coordenadas teóricas se sitúan en un campo de estudio antropológico que es el del cambio cultural; y en este ámbito, se articulan dos conceptos y procesos estrechamente imbricados: la “transculturación” 10

8 De: SPICER, E.H., "Aculturación", en: SILLS, D. (Dir.), Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, Madrid, Aguilar, 1977. Vol. II; p. 36. 9 De MOORE, W.E., "Cambio Social", en: SILLS, op. cit., Vol. VII; p. 130. 10 Respecto del cambio de término "aculturación" por "transculturación", se debe al propio Herskovits, que lo justifica así: "Soy de la opinión de que la palabra transculturación expresa mejor las diferentes fases del proceso de la transición de una cultura a otra, a causa de que esto no consiste meramente en la adquisición de otra cultura, que es lo que implica realmente la palabra inglesa acculturation, sino que este proceso comprende también necesariamente la pérdida o el arrancar de raíz una previa cultura, la cual sería definida como ‘deculturación’. Además de esto, lleva consigo la idea de la creación consiguiente de los nuevos fenómenos culturales, lo cual sería llamado ‘neoculturación’”. En: HERSKOVITS, M., El hombre y sus obras, México, FCE, 1981; p. 571.

propiamente dicha, y la “difusión”. Comencemos por distinguir esos conceptos, siguiendo a Melville Herskovits:

La transculturación debe distinguirse del cambio cultural, del cual no es más que un aspecto (…). Tiene asimismo que ser distinguida de la palabra difusión (…) la difusión, en estos términos, es el estudio de la transmisión cultural conseguida; en tanto que la transculturación es el estudio de la transmisión cultural en marcha.11

Las investigaciones de transculturación estudian, habitualmente, casos de contacto cultural del período contemporáneo, donde es posible y necesario recurrir a fuentes documentales, junto al indispensable trabajo de campo etnográfico.

Por otra parte, hay que enriquecer también la perspectiva cultural del contacto, a través del estudio histórico y del análisis de las relaciones de poder presentes en aquél. El dominio social y el político son factores relevantes en la aceleración o retardo del intercambio cultural.

Otro aspecto importante a incluir en ese marco analítico, es la observación de que un proceso de transculturación es siempre —en mayor o menor grado— un fenómeno dinámico de préstamo recíproco; distanciándose así de la concepción sesgada y parcial de culturas puramente “donantes”, frente a otras exclusivamente “receptoras”.

Se trata, pues, de restituirles a las “culturas blanco” —o en nuestro caso, receptoras y “anfitrionas” de los flujos turísticos—, habitualmente subordinadas en lo político, su específica plasticidad creativa ante los procesos de cambio cultural impuesto o inducido.

II.2- Identidades y difusión cultural en el horizonte del contacto turístico

En el proceso de esa comunicación entre culturas que intercambian rasgos y los reinterpretan para acomodarlos a sus propios patrones, se sitúa precisamente la aparición de reacciones “contra-transculturales”, orientadas hacia la supervivencia o reelaboración de su identidad cultural. Por consi

11 HERSKOVITS, M., op. cit.; pp. 565 y 567.

guiente, el estudio de estos procesos de cambio involucra también la problemática de la identidad de los grupos y culturas que interaccionan.12

En cuanto al controvertido concepto de “rasgo cultural” como unidad de intercambio, difusión o transculturación, no puede aceptarse de modo simplista o atomizador. El propio Herskovits se precavió —sin duda como respuesta a las críticas que se le dedicaron— de esta visión miope, al reclamar un concepto de rasgo cultural flexible y permeable, necesitado de interconexión sistémica con los conjuntos o complejos de elementos culturales que constituyen su contexto. Esto constituye una urgente necesidad metodológica, que no debe perder de vista la globalidad, a la hora de situar el análisis de la cultura junto a los elementos que la integran.

Un paso más en este desarrollo teórico, lo constituye el descubrimiento del “principio de selección” que opera en casi todas las ocasiones de contacto entre culturas. Esta fecunda herramienta analítica, se relaciona con el fenómeno de la difusión cultural y sus efectos; resultando particularmente adecuada para la investigación sobre los efectos socioculturales del turismo.

Discutido el concepto de transculturación y sus resistencias, conviene que nos detengamos en rescatar brevemente las principales aportaciones teóricas sobre los fenómenos de difusión. El minucioso desarrollo que elabora Linton acerca de los mecanismos de difusión cultural, se construye sobre un principio general:

Caeteris paribus, los elementos de cultura serán adquiridos primero por las sociedades que estén más cerca de sus puntos de origen y más tarde por las más alejadas o que tengan contactos menos directos (…) la difusión de cualquier elemento, necesita claramente tanto del contacto como del tiempo.13

A partir de aquí se derivan otras ideas, como el controvertido concepto de las “supervivencias marginales”, afectado de cierto mecanicismo

12 Véase a este respecto: ESTEVA FABREGAT, C., Estado, etnicidad y biculturalismo, Barcelona,
Península, 1984.
13 Nos basamos para esta exposición en su obra clásica: LINTON, R., Estudio del hombre,
México, FCE, 1985. Sobre todo, los capítulos: "Difusión" e "Integración"; pp. 316 a 355. La
cita es de la p. 320.

unilateral en su manera de concebir el contacto cultural y sus efectos. Ya el propio concepto de supervivencia, como reliquia obsoleta de una cultura condenada, es a su vez residuo de los enfoques unilineales del evolucionismo decimonónico.

Más interesante resulta la argumentación sobre los mecanismos que se dan en los fenómenos de resistencia o afirmación identitaria. Linton discierne tras momentos encadenados en los procesos de difusión cultural: la “presentación”, la “aceptación” y la “integración” del elemento o conjunto de rasgos culturales que se ofrecen o transmiten de un grupo a otro. Obviamente, tanto la aceptación como la integración, se presentan en este esquema como grados en un continuo; lo que da entrada a los fenómenos de rechazo, aceptación parcial o selectiva, y transformación o reinterpretación de esos elementos importados o inducidos, por parte de la cultura receptora.

Hay que reparar también en el modo como Linton retoma el “principio de selección” sociocultural de Herskovits, detallando los criterios que lo dirigen: “La cultura de la sociedad donante nunca se ofrece totalmente a la sociedad receptora. Los únicos elementos que se ponen a su disposición son aquellos con los que están familiarizados los individuos [en contacto]”.14 Este argumento se detalla así:

Cuando (…) una sociedad tiene contacto exclusivamente con grupos selectos de individuos de otra sociedad, el grupo receptor nunca estará expuesto a la totalidad de la cultura del grupo donador, situación que efectivamente se da en aquellas regiones donde los blancos llegan como comerciantes o administradores, pero nunca como artesanos o trabajadores.15

Si sustituimos aquí “blancos” por “cuellos blancos”, o por turistas y agentes del dispositivo turístico, el planteamiento resultante parece prometedor para fines analíticos, referidos al sistema del turismo y sus diversos modos de interacción y efectos sobre las regiones de destino.

14 Ibíd., p. 327.
15 Ibíd., pp. 328-29; subrayado nuestro.

Otra variable relevante concierne a las dimensiones inconscientes de la cultura, entendidas como aquéllas que los miembros de una sociedad rara vez tratan de verbalizar, aún para sí mismos. Sin embargo, este zócalo inconsciente de las formas culturales, que podría virtualmente contribuir a la explicación de las formas de resistencia y rechazo de elementos en contacto, no es fácil de objetivar, y Linton parece también renunciar a ello. Por lo tanto resulta una vía difícil de incorporar a un modelo de análisis sobre el sistema turístico y sus efectos. También incide en los factores políticos, que venimos destacando —junto a los económicos— en la necesaria contextualización de los procesos de difusión y transculturación.

En este sentido, la teoría de Linton presenta una fructífera articulación entre la imposición cultural, acompañada del uso de la fuerza, y la consiguiente reacción identitaria que puede generar; además de las estrategias de camuflaje y uso circunstancial —tácticamente orientado— de los elementos impuestos en los contextos de recepción:

Un grupo (…) puede mantener sus propios ideales y valores intactos durante generaciones, modificando y reinterpretando los elementos superficiales de la cultura que le han sido impuestos, de tal modo que no estorben a los ideales y valores propios.16

Pero sin duda, como avanzábamos antes, el núcleo más fecundo de este modelo teórico estriba en su desarrollo de las condiciones y requisitos que presiden el principio de selectividad, cuando se trata de explicar los fenómenos de aceptación o de resistencia en los procesos de contacto cultural. En cuanto al primero, los dos requisitos básicos de la aceptación de nuevos rasgos externos serían: su utilidad y su compatibilidad, desde la perspectiva de la cultura receptora.

Un enfoque como éste debe matizarse, a nuestro entender, con una visión dinámica de las culturas en contacto, para no incurrir en un ingenuo modelo funcionalista de ajuste e integración perfecta; del que suelen derivarse figuras estereotipadas de las comunidades anfitrionas, como pasivas y refractarias a los cambios.

Por otra parte, junto a las motivaciones y elementos “internos” de la cultura receptora, no hay que subestimar la eventual importancia de la

16 Ibíd.: p. 341.

aceptación diferencial —por determinados individuos o subgrupos— de ciertos rasgos o elementos “penetrantes”. Y ello, en virtud de múltiples motivos, como a menudo es el caso del prestigio asociado a la cultura “fuente” o a sus mediadores: el denominado “efecto demostración”; o bien, el deseo de una movilidad social ascendente a través de la emulación de los elementos foráneos mejor situados.

En el hipotético caso de su aceptación, la influencia o la transculturación en marcha, suelen integrarse gradualmente —y no sin tensiones—, en competencia o alternancia con los elementos culturales autóctonos. Aunque es necesario precisar que ninguna cultura alcanza nunca la perfecta integración, y que ésta es una cuestión de grado siempre móvil.

Por último, contra la visión estática antes criticada, en los procesos de difusión y transculturación afloran y se revelan con nitidez muchas inconsistencias lógicas y cognitivas; las incoherencias, en suma, inherentes a cualquier cultura: las minorías, las transgresiones sistemáticas, la heterodoxia institucionalizada, etc. Este es un grado añadido de complejidad que no debe omitirse en el análisis de los procesos de contacto, cambio y transición socioculturales.

Esas inconsistencias, intrínsecas al psiquismo de los individuos y al comportamiento de los grupos humanos, sitúan a la lógica y a los criterios de racionalidad, en un campo de necesario relativismo y pluralismo cognitivo; recursos epistemológicos a los que una perspectiva antropológica y crítica no puede renunciar.

III- GLOBALIZACIÓN, CAMBIO CULTURAL Y CAMPESINADO

Para situar correctamente los procesos de cambio sociocultural —en los que interviene el turismo de modo cada vez más visible—, conviene presentar una aproximación a las tendencias macropolíticas de carácter homogeneizador que se manifiestan como modernización, en el marco general de los procesos expansivos de transición al capitalismo como “economía-mundo”.17

17 Según la terminología acuñada por WALLERSTEIN, E., El capitalismo histórico, Madrid, Siglo XXI, 1988.

En este sentido, el importante trabajo de Eric Wolf 18 responde a un reciente y oportuno reencuadre de la atención antropológica hacia fenómenos relacionados con las resistencias y alternativas a la expansión capitalista en todos los ámbitos. En resumen de Dolors Comas:

El interés de los antropólogos se va desplazando hacia los grupos sociales concretos -especialmente el campesinado-, la creación de tradiciones culturales, las formas de resistencia económica o política, las historias locales, o la persistencia de determinadas instituciones y formas culturales. 19

En correspondencia con el concepto de contacto cultural como intercambio biunívoco, Wolf destaca que los pueblos, clases y sociedades subordinadas, no sólo han sido víctimas pasivas de la dominación política y económica, sino que ellos mismos han contribuido a modelar la forma y la intensidad de esos cambios, a través de múltiples estrategias de creación, adaptación y resistencia. Y en ocasiones, a configurar o transformar también ciertos aspectos de las culturas dominantes.

Subraya, además, la vinculación contemporánea —de diferente magnitud— entre cualquier pueblo y el hegemónico sistema mercantilista inherente al capitalismo. La dialéctica entre centros y periferias se presenta así como de complementariedad-no jerárquica, en cuanto a sus respectivas importancias para la comprensión y construcción de la historia de los pueblos.

En primer lugar, la mercantilización no se difunde de modo uniforme en el tiempo ni en el espacio, ni tampoco en la totalidad de las culturas afectadas. Es decir: el capitalismo mercantilista posee la capacidad estructural de subsumir diferentes formaciones sociales y modos de producción sin necesidad de abolirlos o desarticularlos plenamente, sino incorporándolos y subordinándolos en su provecho.

A partir de esta perspectiva, que enriquece el modelo “Centro-Periferia” teorizado por Wallerstein, podemos abordar una problemática crucial: ¿qué es aquello que no se mercantiliza?, y ¿porqué no?

18 Una obra de Wolf especialmente interesante sobre el tema es la antes reseñada: Europa y la
gente sin historia. También son destacables las del citado I. Wallerstein, y la de ANDERSON, B.,
Comunidades imaginadas, México, FCE, 1993.
19 COMAS D’ARGEMIR, D., Antropología económica, Barcelona, Ariel, 1988; p. 72.

La respuesta a ambas cuestiones ya fue propuesta por Karl Polanyi: el trabajo, la tierra y el dinero; pues ninguno de estos factores es producido con el fin de incorporarlo al sistema de compra-venta.20 Con todo, sabemos bien que, aun circunscritos por límites específicos y variables, los tres han sido incluidos finalmente —y desde luego no sin cierto grado de conflictividad estructural— en los circuitos mercantiles.

Pero aun así, hay formas de trabajo que se sustraen a la completa mercantilización: las relacionadas con la subsistencia y la reproducción. En las zonas rurales, éstas se expresan en la “economía moral”21 del campesinado y en el trabajo doméstico, “invisible” por no remunerado.

Retengamos estas resistencias estructurales, propias de ciertas formas de organización del trabajo, pues son centrales en la configuración cultural de las sociedades campesinas, cada día más abocadas a constituirse en anfitrionas del expansivo sistema turístico planetario, a través de esa modalidad llamada —entre otros términos sinónimos— “turismo rural”.

Según Dolors Comas, la plasticidad defensiva del campesinado —su estrategia de resistencia— ante la penetración de la lógica mercantilista, reviste formas diversas:

El campesino [genera] formas de resistencia. La movilidad de tierra, trabajo y capital no son pensables en el contexto campesino, porque la tierra no es una mercancía, sino una condición de existencia, porque la familia es la que suministra la mano de obra y porque la lógica productiva no se basa en la acumulación. Eso implica mantener la producción para el propio consumo y la red de relaciones basadas en el parentesco, en detrimento de obtener una mayor productividad, de capitalizar las explotaciones y de introducir innovaciones técnicas. 22

20 Estas cuestiones se desarrollan en POLANYI, K., La gran transformación, Madrid, La Piqueta,
1989.
21 Puede hallarse una amplia explicación de la importante noción de “economía moral cam
pesina”, en la obra de SEVILLA GUZMÁN, E. y GONZÁLEZ DE MOLINA, M. (Eds.), Ecología,
campesinado e historia, Madrid, Endymión, 1993. Sobre todo, Capítulo 2: pp. 23 a 139.
22 COMAS, D., op. cit., p. 90.

Esa plasticidad táctica convierte al modo de producción campesino en superior al capitalista, frente a coyunturas desfavorables. Superioridad basada en las estrategias multiuso que se adoptan, en criterios morales específicos, en las características de la mano de obra familiar, y en la flexibilidad —sobre una base austera— en el nivel de consumo.23

Así pues, las comunidades periférico-locales campesinas no son reliquias o supervivencias pintorescas, sometidas a la cuenta atrás de su definitiva liquidación demográfica y absoluta transformación económica; sino culturas creativas —aunque presionadas y políticamente subordinadas—, que se enfrentan activamente al devenir histórico. Un proceso presidido por tres elementos: emigración, industrialización y mercantilización; entre otros asedios propios de la globalización estandarizadora, legitimada desde la apelación a un Progreso de cariz casi platónico.

La creciente difusión de la actividad turística en las zonas rurales, enfocada en este contexto general, y analizada con los citados recursos teóricos y metodológicos de la Antropología, resultará más comprensible en toda su complejidad.

IV- HACIA UNA DEFINICIÓN ANTROPOLÓGICA DEL TURISMO: HISTORIA, FUNCIONES Y CARACTERÍSTICAS

Toda definición implica un cierto grado de convención y cierre, a lo que no escapa la definición más ampliamente consensuada24 del turista: aquella persona que realiza desplazamientos libremente elegidos y de más de 24 horas, fuera de su domicilio —excluidos los movimientos cotidianos al lugar de trabajo—, impulsados o canalizados por patrones de consumo colectivo. A partir de aquí, abordaremos un análisis de los múltiples aspectos implicados, y para ello será útil comenzar con una breve visión retrospectiva que nos sitúe en los orígenes y primeros desarrollos de la actividad turística.

Desde mediados del XIX hemos asistido al tránsito paulatino desde un estilo romántico e ilustrado, aventurero y elitista del turismo, entendi

23 Para una síntesis muy útil sobre estas cuestiones, elaborada a partir de las teorías de Wolf,
Godelier, Friedmann y Chevalier, véase ibíd.: pp. 90 a 99.
24 Según acepción formulada por la Organización Mundial del Turismo.

do como una actividad vinculada —conscientemente o no— al colonialismo etnocéntrico y exotizante; hasta una visión contemporánea, presidida por su masificación y mercantilización expansiva. En este nuevo contexto, se presenta como una importante forma de ocupación del ocio, conquistado por las clases populares de los países desarrollados.

Los prerrequisitos para esta nueva disposición de la actividad turística —visible ya en Europa y USA durante la última década del XIX— surgen del acelerado crecimiento del liberalismo capitalista, y se traducen en dos cruciales recursos que detentará el “nuevo” turista: el ocio y el ahorro. La aristocracia viajera y su séquito de advenedizos, presencian entonces la aparición de una nueva “clase” turística: las capas más dinámicas de las nuevas burguesías urbanas europeas.

En cuanto a la clase obrera, a finales del XIX los dos requisitos antedichos se hallan todavía pendientes de logro; habrá que esperar hasta el período de entreguerras del pasado siglo para que las luchas sindicales obtengan por fin la suma de esas condiciones: las vacaciones (estivales) pagadas.

En el curso de esta lenta maduración, puede advertirse que ya en la década de los 50 del XX, con el acceso de las clases populares a un cierto despegue de la “conquista del ocio”, se incorporan al proceso otras variables que consolidan, potencian y luego transforman al turismo en algo así como una nueva “industria”; a la par que en un rentable negocio. Es en estos momentos cuando aparece el denominado “turismo de masas”, surgido con creciente pujanza de los escombros de la II Guerra Mundial, e impulsado por el espectacular crecimiento económico de USA y Europa, al calor de la reconstrucción posbélica y la Guerra Fría. 

En resumen: este nuevo perfil contemporáneo del turismo, que no ha hecho otra cosa que crecer cuantitativa y cualitativamente como turismo de consumo de masas, es tributario de una serie de condiciones sin las que no hubiera alcanzado su actual escala:

1) Concentración y expansión urbana.

2) Acelerado crecimiento económico de los países capitalistas.

3) Modernización de las infraestructuras y acceso masivo a los

medios de transporte.

4) Consolidación y expansión de la conquista obrera de las vacaciones pagadas.

Este último factor, recurrente en sucesivos programas de lucha sindical y obrera desde finales del XIX, acaba siendo conquistado tras mucha resistencia; pero los empresarios terminan asumiendo, por añadidura, su utilidad estratégica para preservar e incrementar la eficacia y rentabilidad del sistema productivo. Pues sin esas “reparadoras” vacaciones, la fatiga de los trabajadores y trabajadoras revierte en onerosos costes empresariales. Se descubre así la positiva función “lubricante” que cumple el recreo turístico para la correcta reproducción del sistema, así como para la prevención de conflictos y costes sanitarios, indeseados por ambas partes.

En estas nuevas coordenadas —el turismo masivo de mediados del XX—, aparece una nueva e insoslayable necesidad, dadas sus crecientes dimensiones y su prometedora rentabilidad: la de planificar, orientar, controlar y gestionar esta naciente industria del ocio viajero.

Por otra parte, en un mundo cada día más intercomunicado, todos somos potencialmente bifrontes en la polaridad de la interacción turística: el turista es también —antes o después— anfitrión, y viceversa.

Para avanzar en una aproximación antropológica al turismo, resulta indispensable identificar y estudiar no sólo los elementos que componen el sistema turístico, sino los tipos y modos de interacción que se establecen entre esas dimensiones o componentes. Pero también, y sobre todo, los efectos que se generan y las formas e intensidades de retroalimentación y cambio sociocultural que movilizan tales efectos y relaciones. En suma: desde la Antropología aspiramos a una definición sistémica y dinámica, a la vez que históricamente contextualizada, de la actividad turística.

En este sentido, la necesaria alternativa a las definiciones reduccionistas o sesgadas del turismo como un mero “sector” —del amplio campo de los servicios—, o una peculiar “industria” —del ocio—, sería construir esa perspectiva procesual, sistémica y pragmática, que entendería el turismo como un conjunto de prácticas, relaciones y disposiciones asociadas a las mismas. En suma: concebir el turismo como una trama o red de actividades: la “actividad turística”; lo que contaría con la ventaja añadida de poder subsumir las dimensiones industrial y multisectorial.

Este enfoque del sistema turístico, concuerda mucho mejor con la tradicional estrategia antropológica de construir conceptos y perspectivas holísticas sobre sus objetos de investigación. En esa línea, proponemos una definición ampliamente abarcadora, elaborada a partir del trabajo ya clásico de Mathieson y Wall:25

El turismo es el movimiento de personas o grupos hacia destinos fuera de su domicilio y de su habitual espacio de trabajo; así como las relaciones establecidas y las actividades realizadas durante su permanencia en esos lugares; junto a los servicios creados para atender a sus necesidades y los diversos efectos que se producen sobre el entorno físico, económico y sociocultural de sus anfitriones.

V- ELEMENTOS Y COMPONENTES DEL SISTEMA TURÍSTICO

En la definición anterior, de carácter holístico, ya se contiene un primer diagrama de los elementos principales que integran el turismo como sistema abierto de actividades:

1) Las áreas emisoras de potenciales turistas y el turista mismo.

2) La trama de relaciones y las formas de interacción entre anfitriones y turistas.

3) Los servicios y dispositivos creados para canalizar y promover el funcionamiento de la actividad turística.

4) Los efectos o impactos de dicha actividad y de los agentes anteriores, sobre el entorno y la vida de las poblaciones de destino.

V.1- Tipos de turistas y modelos de comportamiento relacional

En cuanto al primer componente: el turista, muestra una notable complejidad y heterogeneidad, si atendemos a sus expectativas, motivaciones y formas diversas de afrontar, organizar y practicar la actividad turística “sobre

25 A partir de: MATHIESON, A. y WALL, G., Turismo: Repercusiones económicas, físicas y sociales, México, Trillas, 1990, p. 1.

el terreno”. De ello se han derivado, como es lógico, múltiples tipologías que responden a la necesidad de clasificar a los distintos tipos de turistas.

Entre las muchas tentativas que se pueden hallar en la literatura científica especializada, una perspectiva antropológica y sistémica como la que proponemos aquí, se hallará más próxima a aquellas que se ocupan prioritariamente de las formas de relación e interacción entre los turistas y los residentes; con preferencia a otras que enfatizan de un modo un tanto unilateral o estático los elementos espaciales del destino,

o bien las complejas —y difícilmente objetivables— expectativas y motivaciones previas de los turistas potenciales. Con todo y ser una variable pertinente para la investigación sistémica del turismo, el criterio motivacional adolece de una carencia importante: su falta de relación con las prácticas sustantivas que constituyen el campo decisivo de la actividad turística: el encuentro de dos colectivos de actores, y la efectiva interacción entre sus condiciones, situaciones y culturas.

Por ello, nos limitaremos a presentar aquí una sucinta enumeración —entre otras muchas— de los tipos de motivación que se adscriben habitualmente a una perspectiva cognitiva sobre el componente “turista”. Veamos un ejemplo representativo de inventario motivacional, a partir de una conjugación de expectativas y deseos a satisfacer:

Físicas (reposo, salud); Culturales (conocimiento de culturas, monumentos y paisajes); Personales (búsqueda de experiencias gratificantes y nuevas relaciones); Experienciales (deseos de recomienzo o de resolución de crisis o conflictos), etc.

En este panorama, como en muchos otros análogos que no reseñaremos aquí, puede discernirse una común distinción sumaria entre dos bloques. Primero, un conjunto de motivaciones que podría denominarse “hedonístico”: búsqueda de placer y diversión. El otro agruparía aquellas que surgen de un impulso “existencial”: peregrinaciones, experiencias renovadoras o aventuras inciertas…

Nos detendremos en los criterios que impliquen algún atributo o efecto conectado con la dimensión relacional, que estudia en profundidad las interacciones y cambios en los lugares de destino. En esta línea, Cohen26

26 De COHEN, E., “Toward a sociology of international tourism”, Social Research, 39, 1972; pp. 167-68.

observa una primera distinción acerca de los contactos que se producirán: los turistas controlados o dirigidos, y los no-dirigidos.

Entre los segundos, cabría destacar a los “caminantes” (asimilados al “turismo de mochila”), que evitan sistemáticamente —casi siempre como una opción ético-política consciente— los circuitos y atracciones promovidos desde el mercado turístico y sus medios de gestión del ocio consumista de masas. Son, además, turistas que devienen casi imperceptibles para el control y registro estadístico de los flujos del sistema.

Por otra parte, sus efectos sobre los lugares de destino suelen ser mínimos; en virtud de su escaso número, y —sobre todo— de su ética no intrusiva y “biodegradable” en las formas de relación social y en el aprovechamiento de los recursos en los destinos o escalas de su viaje. También aspiran con frecuencia a establecer una relación empática, como estilo de aproximación discreta e integración parcial en la vida cotidiana de sus anfitriones.

Otro tipo no-dirigido es el de los “exploradores”, que se plantean su viaje de modo análogo, pero sin ese grado de acercamiento participante que caracterizaría a los “caminantes”; antes bien, manteniendo una respetuosa distancia de observadores.

En cuanto al bloque de los “dirigidos” o “institucionalizados”, se caracterizan por su canalización a través de los dispositivos organizativos y gestores de los desplazamientos y de las estancias: agencias, tour-operadores, ofertas y “packs” integrales cerrados y a bajo precio, etc. Se trata del turismo de consumo de masas propiamente dicho.

Con todo, en el interior de este grupo, Cohen distingue entre el “turismo de masas individual”, y el “turismo de masas organizado”; donde la diferencia estriba en el grado variable de control que detenta el viajero sobre la organización de su tiempo y actividades. En el primer caso, se advierte un diferencial de prestigio o superior estatus en la elección y valoración del destino —y por extensión, del propio turista—; así como un cierto margen de control sobre tiempo e itinerarios. En cuanto al segundo, la práctica totalidad de las decisiones relativas a espacios y actividades previstas, se halla en poder de los organizadores.

Como es lógico, estos diferentes tipos de comportamiento pautado en las zonas de destino, implican diversas actitudes y formas de interacción con tales lugares y con sus pobladores.

V.2- La interacción turistas-anfitriones como contacto y paréntesis cultural

A partir de esas tipologías muy generales, pero nítidamente reconocibles en las prácticas turísticas, es necesario profundizar en la dimensión relacional de lo que sucede en los lugares de destino; pues allí se entablan juegos estratégicos para negociar el encuentro o/y choque cultural que implica la llegada del turismo.

En lo que se refiere al “intruso”, al visitante, y sobre todo al turista, su instalación en la población local acarrea una serie de cambios —casi siempre transitorios— en su propia imagen, en sus expectativas de partida, y en su conducta cotidiana, que pueden manifestarse de muy distintos modos. En cualquier caso, el turista configura un territorio simbólico particularmente ambiguo, oscilante y fronterizo entre sus rasgos y patrones culturales de origen, y la cultura local.

Se trata de un peculiar proceso de desterritorialización, que dibuja así una subcultura de transición. En este intervalo, la indefinición e incertidumbre en cuanto a valores y comportamientos, resultan en una relación asimétrica de los turistas con las comunidades anfitrionas. Interacción favorable a aquéllos, en su tolerada “incompetencia” a la hora de asumir y practicar las normas o actitudes válidas y aceptadas en la región de destino.

De este modo, la cultura local no se practica por los turistas —y en ocasiones, ni siquiera se respeta—, con la coartada del desconocimiento y la evasión. Mientras tanto, la cultura de procedencia parece devenir un mero eco o residuo, que se está legitimado para “olvidar” o transgredir también durante ese paréntesis vacacional. Esto genera la construcción —deliberada o no— de un subrayado perfil de “extranjería” que, a la vez que satisface los deseos de ambigüedad cultural de los turistas, concuerda con las expectativas estereotípicas de sus anfitriones.

VI- IMPACTOS E INFLUENCIAS DEL TURISMO

VI.1-Las tres dimensiones de los efectos turísticos

Como sistema abierto que es, el del turismo viene definido específicamente por las formas de conexión y relación que se dan entre sus diversos elementos; así como por los procesos —históricamente situados— de retroalimentación que suscitan los efectos de esa compleja actividad sobre los componentes del sistema.

Para establecer un marco teórico global, Mathieson y Wall —en la obra citada— distinguen tres subsistemas básicos para situar las formas de interacción turística: el dinámico, el estático y el consecuencial.