Posiblemente la conquista del espacio cultural en una ciudad supera en forma y efecto el horizonte especulativo (¿intelectual?) de muchos. Y ven el aumento de la heterogeneidad creativa como un artefacto molesto. Eso ya sucedía cuando se nos recomendaba mantener a punto el “is different” y cuando se nos recomendaba que “inventaran ellos”. Todavía no se ha comprendido que el desarrollo social completo de una ciudad se funda sobre un paradigma que va más allá de su estructura física y que la gestión polimórfica de la Cultura nos lanza a la conquista de una realidad múltiple.
Sin embargo muchos todavía persiguen una cultura como práctica estética y estática, que actúe como cosmético urbano sin ningún compromiso. Una actitud turbada que esconde (ojalá fuera incapacidad) una auténtica intención de ahogo contra la erupción creativa (es molesta y provoca). Los resultados se desean decepcionantes y pasivos. Tristes, incluso.
Pero la ciudad es un espacio, o al menos así debe ser, en el que se entremezclan sensibilidades, se descubren comportamientos, se interactúa con otras realidades, un espacio estimulante que va más allá de los márgenes físicos y espaciales, un espacio que debe ser tratado con criterios que superan los meramente economicistas.
Por ello la Cultura debe tener como referente substancial la reflexión critica para desterrar el consumo pasivo al que nos inducen continuamente los arquetipos neoliberales. Debe alcanzar modelos que permitan ir más allá de la mera administración de espectáculos, que multipliquen las posibilidades expansivas de la creatividad. Y, desde luego, esto no es cómodo. Pero no creo que deba orientarse la responsabilidad política por criterios de comodidad o displicencia.
Otra cosa es que existan opiniones diferentes, criterios valorables y sujetos al debate. Lo que sí es cierto es que la Cultura Pública está obligada a la construcción simbólica de un universo social que proyecte una nueva manera de pensar y de sentir, de despertar mentes y atizar experiencias. Está obligada a desvincularse de modelos de gestión abocados a la promoción del espectáculo y del entretenimiento desocupado, a alejarse de la difusión pasiva de las artes. Es necesario desfosilizar los modelos de gestión de la Cultura y esto no se hace sin asumir riesgos, sin afrontar con valentía desafíos que la revitalicen.
Aun así, por desgracia, la única dialéctica política que hoy parece que sirve es la demagogia, el discurso vacío o la confusión interesada. Además de todo observamos que la innovación en el universo cultural ciudadano y en los procedimientos de gestión de la cultura local todavía son escasos o nulos y aún nos movemos en los terrenos programáticos y socioculturales que surgieron y evolucionaron en los ochenta. O ni siquiera eso ya que por entonces el proyecto, la planificación, los objetivos, la evaluación… tenían su sentido y se observaban con verdadera disciplina. Hoy todo ello ha derivado en el interés por la parafernalia de los grandes eventos. Sin quitar interés a estos acontecimientos lo verdaderamente importante es consolidar estructuras que trabajen desde la prospectiva y que ayuden a una óptima gobernabilidad cultural de las ciudades. Estaríamos hablando de consolidar Laboratorios de Arquitectura Cultural Contemporánea que trabajen de forma profesional, prefigurativa y sistemática sobre las estrategias necesarias.
En definitiva, la política pública de la cultura debe abandonar esa aureola de magnificencia que la coloca en un estrato superior, que le permite autootorgarse la capacidad decisiva sobre lo que es y no es Cultura, así con mayúsculas. Ninguno de los administradores son, a menudo, creadores. Ni siquiera participan de ningún modo en ese universo creativo, sino que se limitan a preceptuar desde criterios sumamente subjetivos y no siempre justificables lo que otros, insisto con otros, crean.
La tensión entre estas estructuras administrativas obsoletas y los nuevos desafíos culturales debe romperse para alcanzar un grado de desarrollo metropolitano coherente. Es necesario, en fin, un compromiso político riguroso. Es necesario que se aborde de una vez este desafío y se comience a una reestructuración valiente de los modelos y metodologías para la Cultural Pública Local. No hay nada que justifique la pervivencia de unos modelos que ignoran una dinámica social compleja, un ecosistema Cultural vivo.
La urgencia de incorporar profesionales de la gestión Cultural es una necesidad prioritaria que colaborará en el abandono de las prácticas oficinescas para superar las inercias que nos llevan a considerar la Cultura desde una visión administrativa en los que los modelos de jerarquía excluyente y domesticación del consumo contienen todos los principios relevantes. De los modelos de administración a los modelos relacionales en los que los nexos entre gestores, creadores y ciudadanos están abiertos y se confunden. Hay que huir del modelo que otorga verdad Cultural absoluta al administrador, llegar a la convicción de que la Cultura no es un elemento más del entramado burocrático de un municipio sino un componente de máxima transcendencia en el desarrollo de la ciudad, el territorio y sus habitantes.
El objetivo de una Gestión Pública de la Cultura son el ciudadano, la ciudad y los creadores. La interacción entre estos cuatro puntos propone una interacción que alimenta los flujos relacionales y dota de un sistema de transversalidad ajena a los aislados objetos de conocimiento
En definitiva se trata de apostar por un modelo de gestión Cultural que destierre los comportamientos rancios de una Administración Pública anclada en el inmovilismo. Un modelo que tenga bien presente que cualquier posición dirigista momifica la inteligencia y que es precisamente desde la inteligencia y desde el conocimiento compartido desde donde se generan las bases para un funcionamiento creativo en todos los niveles. Una organización inteligente que sabe compaginar los flujos de inteligencia individual para hacerlos discurrir por un canal creativo y multiplicador ajeno y ausente de la totalización y de la red de maximalismo excluyente tan peligrosa para la realización Cultural plena. Los modelos evolucionan, los modelos son importantes y el cuidado de la metodología debe convertirse en un puntal de referencia como lo es en cualquiera de las disciplinas técnicas o científicas. Estos modelos pasan por evolucionar desde los conceptos de “Administración de la Cultura” hasta aquellos que fundamentan sus valores en la “Mediación con la Cultura”
| Administración | Intervención | Mediación |
| (de) | (en) | (entre) |
| Taylorista | Colaborativa | Conjuntista |
| Dirigista | Interactiva | Cohesiva |
| Rigidez | Flexibilidad | Contagio |
| Jerarquía | Actitud | Capacidad |
| Dato | Información | Conocimiento |
| Instrumental | Orgánica | Transversal |
| Conductista | Constructivista | Relacional |
Desde estos criterios, la Cultura Pública debe presentarse con otro talante más dinámico, eficiente y capaz. Un talante que va a ser el impulsor de :
La Cultura como armadura para la cohesión social
La Cultura como estrategia y principal agente del cambio
La Cultura como generadora de conocimiento
La Cultura como potenciadora económica
La Cultura como principal captador de visitantes
La Cultura como representante de la pluralidad
La Cultura como referencia de identidad
La Cultura como espacio de diversidad
La Cultura como territorio de creación
La Cultura como ecosistema de sostenibilidad
La Cultura como nódulo de red
La Cultura como momento para la transdisciplinariedad
La Cultura como catalizador urbano
La Cultura como potenciador del capital inteligente
La Cultura se convierte así en el eje fundamental para la estructura de una nueva Ciudad. Un eje que tiene sus referentes en los factores propios de la idiosincrasia de la urbe:
La Ciudad como marco de identidad
La Ciudad como espacio de encuentro
La Ciudad como elemento de socialización
La Ciudad como entorno educativo
La Ciudad como ámbito de crecimiento
La Ciudad como fuente de riqueza
La Ciudad como semillero de multiculturalidad
LOS MODELOS
Al pretender nuevas formas de intervención sobre la Cultura es necesario revisar los modelos que la impulsan. Aplicar técnicas que soporten con garantías la continuidad de los proyectos, que generen nuevos formatos y que permitan acomodar estrategias de producción serias. Esto obliga a redefinir los conceptos y modificar ciertas actitudes dirigistas que minimizan la importancia de los procesos. Dignificar la Gestión Cultural supone aplicar la metodología con criterios profesionales.
1. Estrategia metodológica: horizontalidad, transversalidad, innovación
Una Organización como la nuestra tiene en la gestión interna el recurso operativo de mayor importancia. Según se oriente así será la capacidad de la institución para resolver sus cometidos. Debe huir de las actitudes dirigistas, burocratizadas y autocráticas que la han colocado, como se ha observado en los diferentes diagnósticos, en un nivel preocupante de inmovilismo y alejamiento de la realidad. Es necesario eliminar las actitudes tardas y obsoletas y hay que hacerlo con propuestas resueltas y decisiones ambiciosas, Con modelos abiertos y dinámicos. Asumiendo riesgos y siendo conscientes de que en la duda y la diversidad esta la libertad. a agilidad y la eficacia de los sistemas de decisión horizontal se manifiestan como los únicos aptos para una intervención Cultural coherente.
Horizontalidad Como modelo de relación y gestión comunicacional antepuesto al dirigismo autoritario y jerárquico y a los departamentos estancos
Transversalidad Como mecanismo para la optimización de los recursos, la rentabilización de las competencias, a eficacia de las estrategias y la optimización del capital intelectual
Innovación. Como huida de la repetición, el manierismo, la imitación, la monotonía… o el simple espectáculo.
2. Estrategia operativa: prospectiva, planificación, promoción, valoración
Es necesario insistir, a pesar de su obviedad, que la labor ejecutiva debe realizarse de modo sistemático y reflexivo. La maquinaria administrativa es pesada y con una ligera pendiente rueda por ella misma: la mencionada gestión de la inercia. Huir de estas actitudes y cambiar de talante es objetivo fundamental para abordar el nuevo modelo.
Prospectiva. Como método para una aproximación continuada y pertinente a la realidad
Provisión. Para implementar lo observado desde la adecuación general de recursos y procedimientos, la definición de estrategias y la definición del marco normativo.
Promoción. Diseñando y aplicando estrategias de comunicación y difusión que optimicen la divulgación de los contenidos y la interacción entre el Area, los ciudadanos y los agentes Culturales.
Valoración. Como elemento de verificación continua justificado por tres necesidades: como mecanismo de prevención ante posibles interferencias; como correctivo ante desviaciones; como afianzamiento ante resultados positivos
3. Estrategia relacional: cooperación, implicación, impulso
Uno de los retos de la Cultura Municipal debe ser la gestión del conocimiento comunitario y de la inteligencia ciudadana. Debemos huir de la prepotencia que hace creer a los gestores en posesión de una verdad inequívoca. Debemos asumir que sin creadores no habría gestores, que sin patrimonio no habría protección, que sin demanda no habría servicio.
Cooperación Con los agentes, instituciones, empresas e industrias Culturales para trabajar desde lógicas compartidas.
Implicación Como compromiso social que contribuye al desarrollo integral del ciudadano estimulando las actitudes criticas y el pensamiento ético
Impulso A las nuevas iniciativas Culturales que se generen desde los diferentes ámbitos ciudadanos y que aporten lucidez y agitación.
LAS TIC, LA GESTIÓN DE LA CULTURA Y EL PRESENTE DIGITAL
Hablar de tecnologías puede comenzar a sonar como algo ya manido, como un discurso vacío que por su propia naturaleza debería estar incorporado ya en el entramado ideológico y semántico del entorno cultural. Hablar de tecnologías (menos mal que le hemos suprimido ya el apelativo de nuevas) como un paradigma de revolución es tornar extraordinario lo evidente, no ya porque todavía no se ha avanzado en consecuencia con el discurso, sino porque ya deberíamos haber abandonado la palabra y haber pasado a la acción. Aplicar las TIC a la Cultura no es elaborar páginas Web. No es colgar una cantidad más o menos elevada de datos ni siquiera ofrecer la posibilidad de acceder a determinados contenidos digitalizados. Se trata de integrar de forma transversal estrategias que enriquezcan las políticas territoriales (en nuestro caso el entorno local) y las hagan interactuar con los agentes culturales, con los ciudadanos, con los creadores, con los productores… Que totalicen la realidad pública y privada. Que ofrezcan nuevos paradigmas de desarrollo más allá de adaptar, más o menos, la realidad analógica a la digital (las realidades son distintas, los lenguajes son distintos, las posibilidades son distintas).
No en vano la incorporación de las tecnologías no ha sido sino un impulso funcional, desde las Políticas Publicas de Cultura, más bien alejado de los movimientos emergentes y de las propuestas creativas, bastante avanzadas por cierto, auspiciadas en la mayor parte de las ocasiones por empresas o fundaciones privadas. Trabajar desde la Administración Pública todavía supone una quimera ya que nadie se ha propuesto encauzar un liderazgo claro y firme sobre políticas de cibercultura a escala local (puede parecer que se contradicen lo ciber con lo local). Ni siquiera existe un avance de criterios sobre competencias, procesos, metodologías; sobre modelos formativos, sobre perfiles… y, aunque parezca una frivolidad, no se ha contemplado el componente generacional que agrava la incorporación a los nuevos modelos de pensamiento (existen maravillosos estudios que orientan sobre la forma de recibir y procesar la información por parte de las nuevas generaciones) y con ello los planteamientos tan distintos que se pueden hacer desde estas diferentes “estructuras mentales”: la brecha digital interna.
La innovación tiene un precio y de momento nadie se ha atrevido a tomar decisiones que impliquen asumir los riesgos, sociales y económicos, que obviamente van a surgir. Ningún cambio es fácil ni siquiera el que supone mejora.
Por otra parte la servidumbre tecnológica a al a que nos tiene sometidas las empresas del sector (rapidísima obsolescencia de equipos, programas, etc.) supone que el acercamiento a los modelos y políticas e-culturales genere reticencia y las inversiones se deriven hacia otros sectores de rentabilidad más inmediata. A esta dependencia del mercado se añade la dependencia interna a los departamentos de informática de las administraciones locales, un nivel de dependencia que, hoy por hoy, resulta inadmisible en cuanto a que la necesidad de una rápida y especializada intervención no puede sostenerse si no se han descentralizado las competencias.
Concebimos con esto que para un desarrollo coherente de la cibercultura debe existir una estrategia transversal que implique a los diferentes sectores (sociedad, empresa, administración, universidad) y que canalice las necesidades de una autentica sociedad del conocimiento. Las políticas públicas de cultura deberían asumir ese compromiso de coordinación si no quieren alejarse (aún más) de las realidades que la comunidad creativa marca.
Las políticas publicas de cultura, integradas en la sociedad de la información, quieran enterarse o no, están inmersas en una corriente que las arrastra, incluso contra su voluntad. El reto consiste en decidir el camino y controlar ese arrastre, o lo que es lo mismo, no limitarse a un dejarse arrastrar sino controlar el timón y utilizar la corriente, dominar la dirección. Las comunidades virtuales, la cibercultura, la socialización tecnológica en definitiva, es algo que debe planificarse y sistematizarse, que se debe encauzar desde la inteligencia estratégica. La cuestión es que la intervención desde la administración local en las políticas de e-cultura no es un futurible, es un presente que estamos perdiendo sino lo controlamos e intervenimos sobre él.
Así, territorializar la presencia virtual es un reto. Integrar y complementar las dimensiones física y virtual requiere de un trabajo que trasciende las coordenadas espacio-temporales para llegar a un auténtico paradigma relacional. A través de cuatro ámbitos:
La gestión: mediante la mejora de los procesos organizativos y la participación de los ciudadanos en las estrategias operativas a través del conocimiento distribuido (consulta, valoración, redes, implicación…)
La creación: intercambiando con los creadores y aplicando estrategias que motiven exponencialmente la creación (net-art, arte digital, artivismo) y provocando y facilitando el acceso a espacios tecnológicos.
Los contenidos: teniendo claro que la cultura es esencialmente contenidos y que la referencia creativa es un valor imprescindible a la hora de elaborarlos
La difusión: minimizando la fractura digital a través de la universalizaron del acceso las propuestas integrando estrategias Creative Commons y abriendo líneas de trabajo a través del Copy Left
METRÓPOLI CREADORA, PRODUCCIÓN CULTURAL Y ADMINISTRACIÓN ENSAMBLADORA
En este momento el problema del Arte y la Cultura está más en la distribución que en la realización. Existen multitud de creadores, multitud de obras sin posibilidad de implantación, sin posibilidad de ser mostradas ni de adquirir la oportunidad de ser analizadas y valoradas por una generalidad suficiente (nuevos creadores-nuevos públicos) Por otra parte muchas de las creaciones se han convertido en mercancía cultural y se han enfrentado a una estructura de mercado a la que hay que vender el producto (cuando no se difunden sino por criterios personalistas y subjetivos más o menos acertados)
Los entornos creativos tienden a subyugarse a las lógicas del mercado y a las imposiciones que las Industrias Culturales les van aplicando. ¿Es real esta dicotomía creación-difusión? Desde la óptica de las administraciones publicas debe ejercerse una cierta labor de mediación, de catalización entre estos sectores. La Industria Cultural se va reforzando cada vez más y con mayor presencia (sobre todo desde los grandes medios) va ocupando nichos de mercado que tratan de completar la alta demanda de ocio existente. Y aquí surge otra pregunta ¿es necesario que toda creación este sujeta a la dinámica mercantil? Siguiendo el hilo de esta pregunta podríamos avanzar en la inmersión del mercado en el mundo del arte, su valoración, su catalogación como concepto y lo podríamos extender al ámbito cultural en su sentido más amplio. Aunque se esta de acuerdo en que todo lo relacionado con la cultura, hoy por hoy, es un de los grandes yacimientos de empleo y un auténtico impulso económico para el crecimiento de las ciudades ¿toda producción debe valorarse desde la perspectiva economicista? Aunque está clara su importancia la industrialización de la cultura, en manos exclusivamente de la iniciativa privada, puede llegar a convertirse en un gran peligro para la creación, sobre todo si nos ceñimos a la exigencia de inmediatez en los resultados.
Aquí es donde aparece la función ensambladora de la política cultural, es decir, la función catalizadora de la Administración en cuanto a la coordinación de las actividades creativas y las comerciales. O lo que es lo mismo, la mediación entre los procesos de concepción, producción y difusión. Se trata de aplicar modelos que permitan a los creadores un campo de inicio para que logren acceder a su nicho de referencia. En este caso no es cuestión de anular las políticas de subvención sino de modificarlas para alcanzar un modelo que amplíe el concepto y permita a los creadores, tras un tiempo prudencial, desligarse de la dependencia que supone este tipo de colaboración proteccionista. La producción propia, la coproducción y la distribución van a ser los pilares sobre los que se va a fundamentar la estrategia de Zaragoza.
Ser productores de cultura no significa introducirse en un campo de estrategia neoliberal competitiva. La implicación de la Administración debe alcanzar el concepto social de la Cultura a través de fórmulas que la valoricen y la ejecuten desde principios de calidad objetivable. Seria contraproducente para el desarrollo holístico de una ciudad dejarlo todo al interés del mercado. Las relaciones con la industria cultural deben regirse desde la cooperación en las iniciativas creativas privadas ya que también ellas forman parte del patrimonio social metropolitano. Democratizar la política cultural supone generar estrategias y estructuras que permitan esta interacción creativa, multiplicativa. Trabajas sobre estos criterios conjuntivos nos lleva a:
Facilitar equilibrios sin convertir a la Administración en un elemento más de la demanda (entrar en el juego es encarecer el producto),
Integrar en las estrategias la gestión del riesgo y la innovación (la producción masiva nunca puede ser vanguardista)
Combinar lo efímero con lo continuo (la permanencia es imprescindible para la consolidación)
Una serie de reflexiones finales para redondear lo dicho más arriba:
Las políticas culturales metropolitanas ocupan una posición importante en el desarrollo estratégico de las ciudades (económico, urbano y social) y se enfrentan a un entorno complejo que obligan a replantear el concepto de interés público y a reinventar nuevos marcos que ayuden a implantar comportamientos creativos.
Las políticas culturales deben colaborar con el sector informal de la Cultura abandonando los modelos elitistas y cerrados de una Cultura pública centrada en actitudes excluyentes que se alejan de la realidad evolutiva. La Cultura estática y prepotente frente a la Cultura dinámica y propiciadora.
Las políticas culturales deben experimentar una migración estratégica que las haga desplazarse desde los conceptos de administración y gestión (en el mejor de los casos) hacia los de inmersión, procurando establecer condiciones comunes de relación abierta entre todos los agentes implicados en el desarrollo de la Cultura.
Las políticas culturales deben forzar nuevos marcos jurídicos y laborales que permitan replantear los sistemas de acceso y permanencia de los directivos y responsables técnicos. Del mismo modo deben revisarse las clásicas estructuras departamentales y derivar hacia modelos dinámicos y flexibles que optimicen las capacidades de los individuos.
Las políticas culturales deben contar con procedimientos metodológicos sistematizados. Es necesario ampliar los recursos humanos y materiales dedicados a la evaluación como método de seguimiento programático, a la elaboración de indicadores que orienten hacia una perspectiva diacrónica y a la investigación aplicada, potenciando la existencia de observatorios y/o laboratorios culturales y reivindicando lo cualitativo por encima de lo cuantitativo.
Las políticas culturales deben entrar en un proceso de comparabilidad activa en la que interrelacionen a los agentes culturales de diferentes territorios, teniendo en cuenta unos estándares predeterminados y la evolución diacrónica de sus diferentes proyectos. La interrelación enriquece y propicia la información cultural territorial.
Las políticas culturales deben abordarse desde el compromiso a medio y largo plazo e integrando a la Universidad, la Administración, los agentes creadores y gestores, la ciudadanía… en plenarios de debate y reflexión técnica.

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