Consuelo Gotay: artista y artesana
En el taller de su casa, que mira el espléndido panorama de la bahía de San Juan, Consuelo Gotay tiene una prensa Vandercook. Es fruto de una búsqueda que hizo por toda la isla, porque la tecnología de las prensas manuales fue superada hace años.
En esas prensas hace la artista los bellísimos libros que la obsesionan y que son obras perfectas en las que se han cuidado todos los detalles.
"Lo que yo hago es algo muy viejo", explicó Consuelo Gotay en el transcurso de una entrevista. "Se está dando ahora un ’revival’ en las artes del libro. El movimiento ha cobrado mucha importancia en el este de los Estados Unidos en donde a veces los artistas fabrican hasta el papel sobre el que graban. Y lo interesante es que eso empata con la tradición del portafolio puertorriqueño, aunque éste descansa más sobre la imagen que sobre el texto".
Consuelo Gotay fue discípula de Lorenzo Homar, con quien estudió técnicas de grabado y tipografía. "En su obra están mis raíces directas", dice. "Fui su alumna en la UPR y también de José Antonio Torres Martino en la Escuela de Arquitectura. Él me dijo que tenía que hacer libros, me dio el formato, la forma de cómo debe ser un grabador; me dio el arquetipo. Me ayudó también a entender que un artista hace de todo, también libros".
Consuelo, que tiene una maestría de la Universidad de Columbia, en Nueva York, se dio cuenta ?al interesarse por los libros de artista- de que necesitaba tener conocimientos tipográficos de la modalidad de "letterpress", que había quedado obsoleta industrialmente. "Me fui a Ponce a estudiar en la Escuela Vocacional Bernardo Cordero Bernard con una beca del Instituto de Cultura. Luego aprendí también a hacer encuadernaciones". Más tarde, en la Escuela de Artes Plásticas, fundó un taller, El Polvorín, para enseñar las artes del libro. Ofrece allí cursos no sólo de grabado y diseño gráfico, sino también de impresión y encuadernación.
Es posible, sin embargo, que la obsesión de Consuelo Gotay con los libros y la escritura venga de muy atrás. Su padre escribía para un periódico de Bayamón y ayudaba a un tío suyo que tenía un periódico en San Juan. "Cuando nosotros le preguntábamos qué hacía en el periódico, contestaba ’yo hacía de todo’. Luego comprendí que ese ’de todo’ incluiría la tipografía y trabajar en las prensas".
Consuelo recuerda haberlo visto siempre pegado a la maquinilla. "Me enseñó a escribir, era mi corrector de estilo. Pero él no pudo hacer lo que quería ?le hubiera gustado ser periodista - porque tuvo que trabajar en el correo para mantener a su familia. Cuando lo oía decir eso, yo me decía que a mí no me pasaría. Me di prisa por hacer lo que quería hacer: a los 20 años había terminado un bachillerato, a los 22 años tenía una maestría y a los 25 había tenido mi primera exposición y mi primer hijo. Mi padre, sin embargo, no fue a esa primera exposición: no quería que yo fuera artista".
Otra influencia que tuvo y que acusa el atractivo que sobre ella siempre ejercieron las palabras fue la del Dr. Arturo Dávila, su profesor de historia del arte en la UPR. "Era la primera vez que me encontraba con un erudito. El primer día que me senté en su salón de clases no entendí la mitad de las cosas que decía. Al segundo día fui con una libreta y apunté todas las palabras que no entendía. Por la noche las buscaba en el diccionario y así estuve haciéndolo hasta que finalmente pude entenderlo. Nunca le he dicho esto, pero fue un gran aprendizaje".
La trayectoria de Consuelo Gotay ha sido lenta pero segura. Durante mucho tiempo se dedicó a sus dos hijos varones. "No podía hacer todo lo que hubiera querido hacer. Por eso mi producción artística durante los primeros diez a quince años de mi carrera no fue abundante, aunque sí fue constante. Ahora tengo más tiempo y mucha energía: creo que es algo que tenemos las mujeres cuando terminamos de criar a los hijos".
El primer libro de artista que hizo fue de un poema de Lloréns, "Valle de Collores", porque se trataba de un texto entrañable que todos en Puerto Rico conocen: "Cuando me fui de Collores/ fue en una jaquita baya/ por un sendero entre mayas/ arropás de cundiamores…".
Luego, durante una estadía de tres años en la República Dominicana, a partir del 1981, descubrió la identidad antillana. "Este es un país en donde yo podría vivir", se dijo. Fue entonces que concibió el libro de artista sobre el poema de Pedro Mir, "Hay un país en el mundo". Para ese libro levantó ella misma, a mano, la tipografía. Los demás ?el de Aimé Cesaire, el de Palés Matos y el que está haciendo ahora sobre un poema de Nicolás Guillén, "¿Puedes?"- son también de autores antillanos.
El arte del libro de artista es una búsqueda perpetua de perfección. Cada página es un reto; cada página es un logro. Debe quedar, según la artista, "que no parezca que manos humanos la hayan tocado". Se trata de un arte ?y de una artesanía- que exige mucho de quien la hace pero que también otorga enormes satisfacciones. Cada ejemplar ?son pocos los que se hacen de cada libro, a lo más 50- es una obra completa en sí, posesión preciada para coleccionistas y museos.
Al rescatar el arte del libro, Consuelo Gotay enriquece no sólo nuestro panorama plástico sino también el de la escritura y la bibliofilia.
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