Como el aguatinta al azúcar, y otros procedimientos pictóricos, el grabado al azufre es una técnica auxiliar de los métodos lineales de grabado calcográfico, válida por sus posibilidades para crear sombras y producir efectos de semitonos mediante un punteado de gran finura.
Para grabar al azufre es necesario desengrasar cuidadosamente la lámina, que debe ser de cobre pues en otro metal el azufre no actúa. Seguidamente, se pasa un pincel empapado en aceite de oliva sobre las partes de la plancha que van a ser mordidas, es decir, las zonas correspondientes a la imagen. Después, se espolvorea por la superficie metálica flor de azufre, hasta que una delgada capa de este elemento químico cubre la totalidad de la lámina. Para efectuar dicha operación, el grabador puede utilizar un recurso similar al empleado para espolvorear resina en la técnica del aguatinta, que consiste en servirse de un tarro tapado con una media de seda a modo de tamiz.
El polvo de azufre caído sobre el aceite de oliva, al entrar en contacto con el cobre, reacciona generando sulfuro de cobre, ácido mordiente que ataca el metal creando un punteado uniforme, traducido en la estampa en una superficie gris de gran delicadeza. La intensidad del mordido depende del tiempo de exposición del metal a la combinación azufre-aceite. Cuando el grabador considera suficiente el tiempo de mordida, debe proceder a limpiar con rapidez la mezcla, frotando la lámina con un trapo mojado en petróleo o en aguarrás.
El 4 de mayo de 2008 par librodeartista
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